sábado, 2 de abril de 2011

El recién nacido

PSICOLOGÍA del DESARROLLO Y del APRENDIZAJE

DELVAL, Juan; “EL DESARROLLO HUMANO”; México; Siglo XXI Editores, 1996

5. EL RECIÉN NACIDO

Tras el período de gestación ha llegado por fin el tiempo de que el niño salga al mundo. El momento del nacimiento es sin duda un instante de choque por el cambio que supone pasar de encontrarse en un ambiente perfectamente controlado y estable, con todas las funciones vitales satisfechas por otra persona, a tener que enfrentarse directamente con un ambiente mucho más cambiante e incluso hostil, en el que la supervivencia resulta más difícil.

La entrada en el mundo

Algunos psicólogos de orientación psicoanalítica han sostenido que el nacimiento suponía un choque para el individuo, un trauma (el “trauma del nacimiento” de que hablaba el psicoanalista Otto Rank), que le iba a efectuar durante el resto de su vida, y que por ello siempre subsistía en los humanos un deseo inconsciente, una nostalgia, de vuelta al útero, que simboliza la vuelta a una situación sin conflictos, en la que todos los problemas están resueltos, en la que otros velan por nosotros. Posiblemente sea exagerado sostener estas ideas en sentido estricto y parece más razonable tomarlas como metáforas, que quizá puedan manifestarse en las situaciones de terapia. Pero lo que sí es cierto es que la salida al mundo exige una adaptación y unos cambios, y lleva consigo algunos riesgos.
El primer problema es que en el momento de nacer el niño debe empezar a respirar inmediatamente. Si se producen problemas respiratorios esto tiene como consecuencia que las células del cerebro, las neuronas, no se oxigenen bien y empiecen a morir y, dado que las células nerviosas no se regeneran, el cerebro puede quedar dañado irreversiblemente y el niño convertirse en un débil mental profundo. Otro riesgo, como decíamos, es que se produzcan hemorragias cerebrales debido a las altas presiones que la cabeza del niño experimenta durante el parto.
Una vez fuera, el niño tiene que empezar a controlar la temperatura rápidamente. Esto constituye un problema más complicado que en el caso de los adultos, y al mismo tiempo resulta muy importante. La temperatura de nuestro cuerpo se sitúa en torno a los 37 grados centígrados y si desciende unos cuantos grados muchas de las funciones corporales se realizan de una manera más lenta. Todos hemos oído hablar de la hibernación y de los animales que hibernan, reduciendo de esta manera su consumo energético durante algunas épocas del año. Por el contrario si la temperatura se eleva se puede producir una aceleración en las funciones así como modificaciones hormonales y químicas que pueden originar trastornos. Para un funcionamiento normal es esencial, pues, la constancia de la temperatura. Pero los recién nacidos tienen pérdidas por radiación mucho mayores que los adultos (pues la superficie de su piel en relación con su peso es mucho mayor. A pesar de todo, los sistemas de control de la temperatura se ponen en funcionamiento rápidamente, y en pocas horas el control se establece sin problemas. En los niños prematuros, en cambio, los problemas son frecuentes, y la permanencia en la incubadora contribuye a solventarlos. Gracias a ellas se ha conseguido una supervivencia mucho mayor de niños nacidos antes de tiempo.
Vamos a ver cuáles son las características y las actividades del recién nacido, entendiendo por tal al niño durante el primer mes de vida.

Los estados y funciones del recién nacido

El recién nacido pasa la mayor parte destiempo durmiendo, entre 16 y 20 horas al día. Su ritmo de actividad, que se repite regularmente a lo largo de la jornada, es el siguiente. El niño se alimenta varias veces al día y cada sesión dura alrededor de 20 minutos, después de la alimentación en un estado de adormecimiento y finalmente se duerme. Permanece dormido durante unas tres o cuatro horas, al cabo de las cuales la sensación de hambre le despierta y le puede provocar el llanto, que sirve de índice a la madre para saber que reclama la comida; se calma en el momento en que se le da de comer, iniciándose un nuevo ciclo. En posprimeros días los períodos entre la alimentación pueden ser irregulares, pero en breve se establece un ajuste que lleva a que la alimentación se producen otros cambios y algunos períodos entre comidas se hacen más largos, permitiendo a la persona que le cuida dormir durante la noche, se inician los baños y los diversos rituales que acompañan su vida en la casa durante los primeros meses.
Otra función es la de eliminación de residuos. El niño no tiene un control voluntario de los esfínteres hasta el segundo o tercer año de vida y eliminar los residuos cuando se acumula. Durante los primeros días parece que el niño puede orinar de 15 a 20 veces diarias y defecar siete u ocho veces, pero al cabo de poco tiempo esas funciones se regularizan también y el número de defecaciones se estabilizan alrededor de dos o tres veces al día en el estado normal.
El recién nacido pasa a lo largo del día por diversos estados, que se distinguen tanto por el aspecto que el niño presenta como por indicadores fisiológicos que pueden determinarse con cierta precisión. Se suele aceptar que estos estado s son cinco: sueño regular, sueño irregular, inactividad alerta, actividad despierto y llanto (véase la descripción de cada uno de ellos en el cuadro 5.2).

Las capacidades del recién nacido

El recién nacido parece un ser muy desvalido que necesita continuamente la presencia de los adultos para sobrevivir, pero, sin embargo, si nos fijamos detenidamente vemos que posee muchas capacidades, algunas de ellas muy notables y complejas. Puede alimentarse, succionando y tragando, eliminar los residuos, dormir, llamar la atención de los otros, reaccionar ante estímulos del entorno y actuar de alguna manera, aunque sea rudimentaria, sobre las cosas. No es por tanto un ser tan incapaz y parece bastante bien adaptado a un mundo en el que generalmente está rodeado de adultos dispuestos a atender sus necesidades.
Pero podemos observar que las opiniones de los adultos respecto a los niños pequeños y los recién nacidos son contradictorias. Por una parte hay una creencia muy extendida acerca de que apenas son capaces de hacer nada, que no tienen casi ninguna posibilidad de acción y se impone la imagen del niño inerme, desvalido y completamente dependiente de los adultos para su supervivencia. Pero esta idea de un ser indefenso, que sólo es capaz de llorar, comer, defecar y dormir se contrapone con otra que le atribuye desde muy pronto una serie de capacidades sorprendentes, sobre todo después del nacimiento se dice que el niño ha sonreído cuando ha visto a su mamá, o que se pone muy contento cuando aparece su padre, su hermana o su abuela, o que desea un objeto determinado. Todo esto mucho antes de que sea realmente capaz de reconocer objetos o personas. Ambas ideas son inexactas pero posiblemente la que le atribuye muchas capacidades sirve para que los adultos le traten como un ser capaz y así le impulse en su desarrollo, permitiéndole desarrollar mejor y más rápidamente sus capacidades, como ha sostenido Kaye (1982)
En los últimos años se ha realizado una enorme cantidad de investigación sobre recién nacidos, que ha crecido de una manera prodigiosa con respecto a la que se realizaba hace no muchos años, sobre todo gracias a la utilización de nuevas tecnologías (véase el capítulo 20 sobre los métodos de estudio de los niños). Por eso el desarrollo técnico que se ha producido en época reciente, que permite realizar registros de múltiples aspectos del funcionamiento fisiológico, de la fuerza, de los movimientos de los ojos, de lo que hace en la oscuridad utilizando iluminación infrarroja, nos ha abierto grandes posibilidades para comprender los progresos y capacidades del recién nacido.

CUADRO 5.3. Repertorio de capacidades del recién nacido

Sistemas
Capacidades

Para recibir información
Percepción
Visual
Auditiva
Táctil, etcétera

Para actuar
Reflejos
Succión
Prensión
Marcha
Babinski, etcétera

Para transmitir información
Llanto
Expresiones emocionales
Sonrisa

Lo que el recién nacido es capaz de hacer depende mucho del estado en que se encuentre, y por ejemplo durante el llanto no logra prestar atención a otros estímulos. Su capacidad de atención es muy limitada y un exceso de estimulación puede perturbarle mucho. De los estados que acabamos de distinguir, posiblemente es en el de inactividad alerta en el que mejor podemos estudiar muchas de sus capacidades. Esa atención limitada hace que no siempre manifiesten las cosas que son capaces de hacer, de tal manera que si un recién nacido no hace algo en un determinado momento no podemos afirmar que no sea capaz de hacerlo sino que no es capaz de hacerlo en las condiciones en que se encuentra en ese momento. Y por ello tampoco podemos asegurar que si un niño de unos cuantos meses no manifiesta una determinada actividad, niños de menos edad tampoco sean capaz de hacerla, porque a veces el desarrollo no sigue un curso lineal, sino que sufre aceleraciones, retrasos, detenciones y aparentes vueltas atrás (véase el capítulo próximo).

El recién nacido presenta muchas capacidades variadas que proponemos que se pueden clasificar en tres grupos. Por un lado dispone de sistemas para recibir información del exterior, por otro puede comunicar sus necesidades a los adultos y manifestar sus estados, y además de ello posee también ciertas capacidades para actuar. Vamos a revisarlas brevemente.

Sistemas para recibir información

Para un ser vivo es muy importante tener una información adecuada acerca del ambiente, lo que le permite evitar los peligros y actuar en él eficazmente. El ser humano dispone de diferentes órganos sensoriales que hacen posible la percepción de características del entorno, y lo que sucede a su alrededor. Esto se realiza detectando variaciones en la energía exterior, ya sea mediante la visión (cambios de intensidad de la luz, de la longitud de onda asociada con los colores, del brillo, de contraste, etc.) el oído o los receptores térmicos, y también cambios químicos, como los que registran el gusto y el olfato.
Estos sistemas están preparados entonces para recibir esa información del exterior aunque no funcionan todavía perfectamente al nacer. Su grado de desarrollo varía de unos sentidos a otros. Algunos, como el oído, están bastante desarrollados al nacer, mientras que otros, como la visión, lo están menos pero progresan rápidamente durante los primeros seis meses.
Tomemos como ejemplo la visión. El sistema visual, el que nos proporciona mayor información sobre el mundo exterior, es muy complejo y consta, como partes fundamentales, del ojo, que registra las variaciones luminosas; del nervio óptico, que transmite la información que llega hasta el cerebro, y del córtex visual, situado en el cerebro, donde se analiza la información. El ojo es una especie de cámara oscura, con una lente, el cristalino, que permite formar las imágenes sobre la retina. Para que esas imágenes sean nítidas es preciso que el cristalino “enfoque” (como se hace con una cámara fotográfica) a la distancia a la que está situado el objeto, labor que realizan los denominados músculos ciliares, que lo contraen o lo dilatan (figura 5.4).
La retina es un conjunto de muchos millones de receptores que son sensibles a la luz. Hay receptores para distintos colores, distintas longitudes de onda e incluso parece que para ciertas orientaciones.
Hoy sabemos perfectamente que desde el nacimiento el niño es capaz de ver, aunque no de la misma manera y sobre todo con la misma precisión que un adulto, y que prefiere objetos de unas determinadas características. La retina está más o menos completa, pero el córtex visual tiene que desarrollarse bastante. Sin embargo, la capacidad de enfoque es reducida y no se acomoda perfectamente a la distancia de los objetos: es como si se tratara de una de esas cámaras fotográficas muy simples que tienen un enfoque fijo. En el recién nacido el cristalino permanece enfocado a unos 20-25 cm, y los objetos situados a esa distancia son los que se ven con mayor nitidez. Más cerca, y sobre todo más lejos, las cosas permanecen borrosas. Pero esa distancia es interesante porque es a la que se suele situar la cara de la persona que alimenta o interacciona con el niño. La convergencia binocular, es decir, la capacidad para enfocar los dos ojos hacia el mismo punto, tampoco está perfectamente establecida, por lo que puede estar viendo una cosa con un ojo y otra con otro o tener una especie de doble imagen, y la agudeza visual, es decir, la capacidad para diferenciar imágenes próximas (como distinguir líneas muy cercanas como separadas) también es más reducida que en el adulto. Pero todo esto no resulta muy importante pues ve lo esencial para él.
De todas formas lo que aún no puede hacer, y esto es mucho más importante, es atribuir un significado a los objetos. Es decir, aunque vea un biberón, un chupete o la cara de la madre, no es capaz de interpretar lo que significan esas percepciones, pues no ha formado conceptos, por muy rudimentarios que sean, de esos objetos. Por ello tiene mucho sentido que perciba más claramente lo más cercano, aquello sobre lo que en breve podrá actuar. En cambio, lo que está a varios metros no puede percibirlo, o lo percibe borroso, porque a la falta de acomodación se une que no tiene la convergencia binocular, la capacidad de dirigir los dos ojos al mismo objeto, y tiene una menor agudeza visual, que también resulta más necesaria para las cosas que están lejos. }tampoco le serviría de mucho, ya que no podrá actuar sobre ello, tocarlo, olerlo o chuparlo, y los objetos, como veremos en el capítulo 7, se van a empezar a formar a partir de la aplicación de sus diversas capacidades a una misma cosa. Por ello podemos decir que el desarrollo se produce de una manera armoniosa, y que los progresos se realizan cuando son necesarios.
Quizá resulte chocante a primera vista decir que el niño no reconoce las cosas que ve. Pero pensemos cómo podría hacerlo. A no ser que aceptáramos que dispone de mecanismos innatos para reconocer las cosas, y no hay ninguna indicación de que sea así, necesitará experiencia sobre los objetos para hacerlo. ¿Cómo podría identificar la cara de su madre al nacer, y saber que es su madre, o un biberón, o el chupete sin una experiencia repetida con esos objetos? Necesita un contacto con esas cosas explorarlas de diversas maneras para llegar a atribuirles un significado y eso le va a llevar un cierto tiempo y recorrer un camino complejo. Lo que, en cambio, le va a resultar muy útil para llegar a ese reconocimiento es poder diferenciar unas cosas de otras, diferenciando las figuras del fondo, aunque no puede atribuirles un significado, aunque no sepa que la cara es una cara y el chupete un objeto para tener en la boca.
Resulta claro que, desde el momento del nacimiento, el bebé no sólo distingue la luz de la oscuridad, sino que se interesa sobre todo por las zonas de transición de intensidades luminosas, es decir, el paso de zonas más claras a zonas más oscuras, como pueden ser los bordes de una figura que se destaca sobre el fondo.
Resulta claro que, desde el momento del nacimiento, el bebé no sólo distingue la luz de la oscuridad, sino que se interesa sobre todo por las zonas de transición de intensidades luminosas, es decir, el paso de zonas más claras a zonas más oscuras, como pueden ser los bordes de una figura que se destaca sobre el fondo.
Podemos observarlo en la exploración de una cara, los niños de un mes exploran, sobre todo, el contorno, mientras que los de dos mesas se detienen en el interior de la cara, como puede verse en la figura 5.5.
Esto tiene también un valor adaptativo, pues va a facilitar la diferenciación de unas figuras de otras, aunque en ese momento no pueda hacerse todavía. También parece que se prefieren las figuras con una pauta o un dibujo a las figuras lisas. Prefieren, por ejemplo, mirar una figura con cuadritos, como un tablero de ajedrez, o una diana, que una figura liza como se recoge en la figura la 5.6.
Pero, ¿cómo sabemos esto, cómo podemos averiguar que al recién nacido le gustan más determinadas figuras? La manera más sencilla de descubrirlo es midiendo el tiempo que detiene la mirada en cada una. (Véase el capítulo 20). Se puede suponer que las cosas que mira más es porque le interesan más. Por este procedimiento el psicólogo norteamericano Robert Fantz descubrió hace ya años las preferencias visuales de bebés e incluso recién nacidos (véase la figura 5.7).
La existencia de estas preferencias visuales no supone entonces el reconocimiento de las cosas, pero sí es un primer paso para llegar a reconocerlas. Esa predisposición para mirar ciertas cosas no es más que un mecanismo que va a hacer posible la construcción pero sin que las cosas puedan ya identificarse.
También es capaz de oír y de percibir sonidos, incluso muy suaves, la percepción del sonido está ya presente en el útero. Sin embargo, todavía no suele ser capaz de dirigir la cabeza hacia la fuente de sonido. Los sonidos bajos y rítmicos tranquilizan al niño y por ello se han usado grabaciones de sonidos como los latidos del corazón para ayudarles a dormirse. Como en el caso de la vista, también existen predisposiciones para atender preferentemente a determinadas frecuencias que curiosamente coinciden con las de la voz humana. Gracias a ello presta atención a los sonidos del lenguaje, y más tarde los imita. Eimas, uno de los investigadores de la percepción de los sonidos, señala que, en cambio, nunca ha oído a un niño imitar el sonido de una nevera, que puede ser un ruido tan presente en su ambiente como la voz humana. Pero naturalmente esto no quiere decir que perciba la voz humana como tal y la identifique como proveniente de un ser humano. Todo eso es necesario irlo construyendo durante los comienzos de la vida, y lo único que existen son predisposiciones o sistemas atencionales que hacen preferir unos estímulos a otros.
El gusto y el olfato sirven para detectar la presencia de determinadas sustancias en el ambiente. Desde el nacimiento el niño reconoce gustos y sabores y lo manifiesta mediante sus reacciones y expresiones faciales. En el caso del gusto muestra su reconocimiento y sus preferencias mediante expresiones faciales (véase el capítulo 9 en la parte referente a las emociones) que están presentes desde el momento del nacimiento, incluso antes de hacer probado cualquier sustancia, incluida la leche. Steiner (1979) ha mostrado que los recién nacidos manifiestan expresiones distintas según que lo que les demos sea dulce, amargo o ácido (figura 5.8.).
Lo mismo podemos decir del olfato. Los olores que los adultos consideramos agradables producen relajación facial e iniciación de movimientos de succión. Una interesante experiencia mostró que niños de dos días preferían un paño impregnado de leche materna a uno limpio y lo manifestaban mediante movimientos de cabeza dirigidos hacia el paño. Sin embargo, los niños no mostraron diferencias entre el paño con leche materna y otro impregnado de leche de otra madre. Pero a los seis días sí que establecían una diferencia, orientándose hacia la leche conocida, lo que parece que manifiesta una habituación a ese olor.

Sistemas para transmitir información

Aunque el niño no “pretende” comunicarse con los otros, pues ni siquiera “sabe” que existen los otros, como lo saben los adultos, viene al mundo dotado de sistemas para manifestar el exterior su estado, gracias a lo cual los adultos que tiene a su alrededor reciben una información muy útil para poder atender las necesidades del niño. Nuevamente vemos cómo a lo largo de la evolución se han producido y seleccionado conductas que son muy útiles para la supervivencia. Tengamos en cuenta que los polluelos empiezan a picotear semillas por sí mismos poco después de salir del cascarón, y los cerditos pueden dirigirse al pezón de la madre para obtener la leche, mientras que el recién nacido humano no es capaz de nada de eso. La manera que tiene de expresar su necesidad de alimento es mediante el llanto, el más importante, pero no el único, de los sistemas para transmitir información.
El llanto es una conducta que se produce como respuesta refleja a un estado de malestar. Diferencias de temperatura, una estimulación demasiado intensa, hambre, una posición incómoda, dolores, todo ello produce el llanto, que atrae la atención de los adultos y provoca una respuesta de éstos para tratar de aliviar el malestar del niño. Esto es algo interesante sobre lo que vale la pena reflexionar. La llamada del sujeto no es una llamada intencional, no es una llamada más que desde el punto de vista del que la escucha, pero no del que la produce, pero en el adulto tiene el efecto de provocar una respuesta favorable.
El primer llanto del niño es el que se produce nada más nacer y es importante porque indica que el aire ha entrado en los pulmones y el niño ha comenzado a respirar. El llanto posterior indica algún grado de malestar, pero no siempre es posible determinar cuál es su origen. Sin embargo, hay un tipo de llanto básico y otros más específicos. Wolf (1987), que ha realizado detenidos estudios sobre el llanto infantil, ha distinguido en los niños pequeños cuatro tipos de llanto:

1.    El llanto básico es un llanto regular y rítmico, que generalmente está asociado con el hombre.
2.    El llanto de cólera.
3.    El llanto de dolor.
4.    el llanto de atención, que aparece un poco más tarde, a partir de la tercera semana.

Como decíamos, el llanto de un niño tiene un efecto profundo sobre los adultos en general y sobre las madres, en particular. En varios experimentos se ha comprobado que produce en las madres variaciones en el ritmo cardíaco y en la conductividad de la piel. Pero también se ha comprobado que el llanto de dolor produce más respuestas y más inmediatas que el de hambre. En todo caso, la respuesta de los adultos al llanto del bebé es un bueno mecanismo para asegurar la atención y la protección de las crías.
Además del llanto el bebé posee otros medios para transmitir informaciones. La cara es el principal medio de expresión y los numerosos músculos de la cara cuando se contraen dan lugar a diferentes expresiones que pueden interpretarse. En la cara del niño se manifiesta el cansancio, el bienestar, la alegría, el desagrado. El llanto suele ir precedido por muecas que nos permiten anticipar que el niño va a empezar a llorar. Antes señalábamos que el niño expresa en su cara el reconocimiento del gusto de distintas sustancias.
La sonrisa aparece pronto como una especie de mueca que los adultos interpretan positivamente. Las primeras sonrisas son puramente fisiológicas y traducen una situación de bienestar, pero en poco tiempo la sonrisa empieza a ser una manifestación de reconocimiento de objetos y situaciones y poco a poco va adquiriendo un valor social. Los adultos reaccionan muy favorablemente a la sonrisa del niño, y aumentan su interacción con él, con lo que se convierte muy pronto en un vehículo de relación social. Igualmente, al cabo de pocos meses, el niño es capaz de expresar sorpresa mediante los gestos de la cara, así como diversos estados y emociones, como miedo, alegría, tristeza, tranquilidad, interés, cansancio, etc., que los adultos son capaces de interpretar (véase en el capítulo 9 expresiones emocionales de bebés).
Quizá resulte más llamativo todavía que el niño sea capaz, también al cabo de unos meses, de interpretar las expresiones emocionales de los otros, y reaccionar de forma adecuada. Ante una expresión de enfado, o de ira, el niño desviará la mirada, mientras que una cara sonriente atraerá su atención. Las expresiones emocionales constituyen un medio muy valioso para la comunicación entre niños y adultos, mucho antes de que empiece a aparecer el lenguaje.

Sistemas para actuar: los reflejos

Aunque la capacidad de acción del recién nacido es relativamente pequeña, sin embargo resulta esencial que pueda realizar algunas conductas, pues sin ellas no podría mantenerse con vida. El sujeto dispone de una serie de mecanismos, denominados reflejos, que son conductas que se ponen en marcha cuando se producen determinadas condiciones. Por ejemplo, cuando se toca la palma de la mano con un objeto, ésta se cierra, dando lugar a un conducta de prensión, de agarrar, ese objeto. Cuando el objeto entra en contacto con las proximidades de la boca se realizan movimientos de cabeza y de labios para tomarlo con la boca y se inician movimientos de succión, que pueden ir seguidos de movimientos de deglución. Éste es un mecanismo esencial para la supervivencia del bebé ya que le permite ingerir alimentos.
Los reflejos del recién nacido son muy numerosos y variados. Algunos parecen mucho a los de los adultos, como el de retirar el cuerpo de una estimulación dolorosa (por ejemplo, un pinchazo), o cerrar los párpados ante una luz intensa, mientras que otros sólo existen en los bebés y desaparecen al cabo de cierto tiempo. La utilidad de varios de ellos nos resulta desconocida. En el cuadro 5.9 hemos recogido algunos de los reflejos de los recién nacidos, indicando cómo se producen, cuál es el tipo de respuesta, y el posible significado.
Lo característico de los reflejos del recién nacido es que se trata de conductas, a veces bastante complejas, que se ponen en funcionamiento cuando aparece un estímulo interno o externo. Muchas de las respuestas del niño lo son a situaciones internas como malestar, dolor, hambre o sueño. El niño responde llorando y agitándose. Pero otras son respuestas a estímulos externos, como la luz, los ruidos, el contacto físico, etc. Una característica es que algunos reflejos sólo se producen ante un estímulo muy específico y consisten en una respuesta igualmente específica, mientras que otros son producidos por una gran variedad de estímulos. Por ejemplo, el niño puede responder succionando a multitud de estímulos que van desde la introducción directa de una objeto en la boca, hasta un ruido, cambio de posición, aparición o desaparición de otro estímulo, e incluso se produce sin ninguna causa externa[1].
Un reflejo que tiene especial importancia es el de succión que le permite alimentarse. En realidad la succión es un conjunto de conductas muy complejo, que se combinan con una gran perfección. Hay un reflejo de búsqueda que hace que cuando algo le toca la mejilla el niño gire la cabeza hacia ese lado, lo que facilita la búsqueda y la conservación del pezón en la boca. La succión supone no sólo movimientos de los labios y la lengua, sino también de la garganta, y hay un reflejo de deglución que le permite tragar. El niño succiona de manera distinta que los adultos, y en cierto modo más eficaz, pues puede succionar muy rápidamente y sin atragantarse. Con movimiento de la lengua de adelante a atrás exprime el pezón y extrae la leche, y al mismo tiempo reduce la presión en la boca, con lo que consigue que la leche fluya hacia el pezón. Aunque no hace intervenir los pulmones en la succión (a diferencia de cómo lo hacen los adultos), y puede seguir respirando al tiempo que chupa, le pasa aire al estómago que tiene que expulsar al terminar de comer. Se le ayuda a “echar los aires” poniéndole apoyado contra el pecho adulto, con la cabeza sobre el hombre de éste y en posición vertical.
Otro reflejo de gran importancia, sobre todo para el futuro del niño, es el de prensión. Cuando algo toca la mano del niño, la cierra y trata de mantener agarrado el objeto. Cierra la mano con fuerza y, si se agarra con las dos manos de una barra o de los dedos de un adulto, se le puede suspender en el aire y logra mantenerse así algún tiempo. Esta conducta ha tenido sin duda un valor adaptativo en l historia de la humanidad pues facilita que el niño vaya sujeto a su madre y previene posibles caídas. Hoy todavía en muchas culturas las madres transportan colgados a sus hijos durante meses o años y los mantienen así mientras realizan las tareas domésticas o agrícolas, para lo cual es muy importante la colaboración del niño. Pero además el reflejo de prensión permite mantener los objetos en la mano y comenzar a explorarlos con la mirada, con la boca, con el tacto, y poco a poco el reflejo de prensión se convertirá en conductas deliberadas de prensión que llevarán hasta el manejo de la mano para alcanzar objetos, y que conducirá a los movimientos finos que han convertido la mano del hombre en su más valiosa herramienta.
El niño dispone de otros reflejos que se van a conservar a lo largo de hs vida con pocas variaciones, como los referentes al estornudo, los de evitación que le llevan a alejarse de estímulos dolorosos (calor, frío, objetos punzantes, etc.), los que cierran la pupila del ojo cuando hay una luz intensa, los que cierran los párpados, y otros varios semejantes. Además están los de eliminación de las sustancias de desecho.
La utilidad de todos estos reflejos para la supervivencia del niño es bastante clara, pero hay un curioso grupo de reflejos que desaparece al cabo de unos cuantos meses y que no se sabe muy bien para qué sirven. Por ejemplo, cuando se coloca al niño en el agua, sujetándole por el vientre, realiza movimientos de natación rítmicos, que a partir del tercer mes se van haciendo más desorganizados y el niño pasa de hacer como que nada a chapotear (figura 5.11).
El niño tiene también un reflejo de reptación que le lleva a desplazarse sobre una superficie con movimientos de brazos y piernas, pero sólo meses más tarde empezará a gatear. Además, si le sujetamos por debajo de los brazos y le mantenemos vertical, apoyando sus pies sobre una superficie, el niño anda, poniendo en funcionamiento un reflejo de marcha. Si encuentra un obstáculo en su camino es capaz de salvarlo levantando la pierna y echándola hacia delante con otro reflejo de ascensión que parece destinado a permitirle subir escaleras. Naturalmente el niño recién nacido ni puede andar, ni subir escaleras, pues no es capaz de mantenerse derecho. Ni de sujetarse por sí sólo.
Estos reflejos se pierden y posteriormente el niño tiene que aprender a gatear, a andar, a subir escaleras e incluso a nadar, si le enseñamos. Dos investigadores franceses (André-Thomas y Autgaerden, 1953) estudiaron si existía alguna relación entre el reflejo de marcha y aprender a andar y entrenaron a varios bebés en el reflejo de marcha durante varias semanas, hasta que desapareció. Cuando llegó el momento de andar parece que los bebés entrenados lo hicieron más rápidamente y de forma más segura, lo cual mostraría que sí existe alguna relación entre ambas actividades. Los resultados han sido confirmados por otros investigadores (Zelazo, 1976),
Todavía vale la pena mencionar otros dos reflejos que llevan nombre propio, el nombre de su descubridor. El reflejo de Babinski consiste en extender los dedos del pie en forma de abanico, separando el dedo gordo, cuando se toca la planta del pie. Babinski encontró esta respuesta en adultos que tenían una lesión del sistema nervioso, y más tarde vio que se encontraba en todos los niños pero que desaparecía a los pocos meses después del nacimiento, y que si no lo hacía era precisamente porque existía una lesión. En el pie se produce también un reflejo de prensión plantar, que consiste en cerrar los dedos, como en la mano cuando algo estimula el pie cerca de la base de los dedos.
El reflejo de Moro, que toma su nombre de un pediatra alemán, consiste en un movimiento simétrico de apertura de los brazos y de las piernas, para luego plegarlos de nuevo y se produce cuando el niño pierde la base de sustentación o se golpea fuerte sobre la superficie en la que descansa el niño, o simplemente se produce un ruido intenso. Se interpretó como una respuesta de sobresalto, aunque luego se ha visto que ambas son distintas. Se trata también de un reflejo que desaparece al cabo de algunos meses, aparentemente sin dejar rastro.
Nos podemos preguntar por el significado y la utilidad de estos reflejos. Se ha sostenido que algunos de ellos son restos de nuestro pasado remoto, a veces remotísimo, y que hoy no tienen ninguna función. Por ejemplo, el reflejo de Moro serviría para que el niño se sujete de la madre y para evitar caídas, y el reflejo de prensión plantar recordaría que nuestros parientes los monos tienen la capacidad de tomar cosas con los pies o de sujetarse fuertemente de las ramas con ellos. Por el momento no sabemos con certeza su utilidad, pero no es improbable que efectivamente sean un resto de nuestra historia, y nos sirvan para no olvidar de dónde venimos. En todo caso lo que si parece claro es que el recién nacido tiene un conjunto de habilidades más amplio de los que parece a primera vista, y que esas capacidades le van a servir como punto de partida para convertirse en adulto.

Otras capacidades

El estudio del recién nacido no deja de producir sorpresas, pues, de vez en cuando, se descubran capacidades insospechadas que habían pasado desapercibidas o no se habían interpretado adecuadamente. En los últimos años se han realizado algunos estudios que han producido resultados sorprendentes, que en muchos casos no somos capaces todavía de explicar.
Por ejemplo, en el terreno de la imitación. Durante mucho tiempo se ha supuesto que los niños no imitaban movimientos realizados con partes de su cuerpo que no podían ver, por ejemplo, con la boca o la cara, hasta que no tenían ocho meses por lo menos. Sin embargo trabajos más recientes han mostrado que niños de pocos días imitan a adultos que sacan la lengua o mueven los labios delante de ellos. Esto es complicado porque exige que los niños sean capaces de realizar lo que se denomina la percepción intermodal, es decir, combinar la percepción a través de dos órganos sensoriales distintos, como la visión y la actividad muscular. Ejemplos de ello son también otras experiencias otras experiencias de Meltzoff en las que ha proporcionado a niños de un mes chupetes normales y con bultitos y luego se los ha mostrado visualmente. Para bien, según él, niños de esa edad miran más los chupetes que están acostumbrados a utilizar en la boca, lo que indicaría que integra las dos fuentes de información perceptiva.
Algunos resultados de los estudios sobre la percepción del lenguaje son igualmente sorprendentes. En unas investigaciones se ha mostrado que los niños a los que se presentan películas de caras que dicen “ah” y “eh”, sin sonido, al tiempo que con un altavoz  reproducen esos sonidos, miran en cada momento a la cara que corresponde al sonido que están escuchando, lo cual manifiesta una notable capacidad de leer en los labios.
En conjunto estamos obteniendo una imagen (véase Mehler y Fox, 1985, Mehler y Dupoux, 1990, aunque al mismo tiempo con muchas limitaciones. Algunos de los resultados de las investigaciones son todavía difíciles de explicar y no están suficientemente establecidos, pero nos ponen sobre la pista de que los bebés son seres complejos, aunque tengan todavía por delante un camino muy largo por recorrer en su desarrollo.

Los primeros pasos

Es a partir de todas estas capacidades iniciales como se va a empezar a formar el conocimiento. El niño no tiene ni conciencia de sí mismo ni conciencia de la existencia del mundo y de los objetos. Se limita a tener unas preferencias para la recepción de estimulación, que sólo busca en una medida limitada, y unas respuestas cuando se producen variaciones en las condiciones ambientales o en su situación interna. Las características de ese mundo son algo que el niño va a ir Construyendo durante la etapa de desarrollo.
Tomemos el ejemplo de la succión. Se trata de un conjunto de movimientos musculares muy complejos que se pueden producir en el vacío o que se pueden desencadenar ante el contacto de algún objeto. Si el objeto estimula los alrededores de la boca hay movimientos que tratan de situar ese estímulo entre los labios utilizando lo que se ha denominado “el reflejo de búsqueda u rozamiento”. Los complejos movimientos de los labios y la lengua, y la disminución de la presión que el niño produce en su boca, sirven para tratar de extraer alimento líquido, generalmente del pezón del pecho de la madre o de un biberón. Caso de que se extraiga el líquido que llega hasta el estómago. La presencia del líquido allí calma la sensación de hambre.

CUADRO 5.9. Algunos reflejos del recién nacido

Nombre
Estimulación
Respuesta
Significado
Succión
Introducir un objeto en la boca
Movimientos de succión rítmicos
Permite la alimentación desde el nacimiento. Se consolida mediante el ejercicio en los primeros días
Búsqueda (u hozamiento
Contacto con la mejilla
Movimiento de cabeza para situar en la boca el objeto estímulo e inicio de movimientos de succión
Sirve para orientar la boca hacia la fuente de alimentación.
Prensión
Contacto con la palma de la mano
Cierra la mano con pren-
sión del objeto, si es posible
Permite mantenerse fuer-
temente agarrado, por ejemplo, durante el trans-
porte de la cría por la madre
Presión plantar
Contacto en la base de los dedos del pie
Flexión de los dedos, con prensión del objeto, si es posible
Posible resto de conductas arcaicas
Marcha
Sostenido verticalmente con los pies sobre una superficie dura y en estado de activación
Inicia movimientos de mar-
cha. Desaparece hacia los 2-3 meses
Mal esclarecido
Ascensión
Sostenido verticalmente frente a un obstáculo, como un escalón
Levanta el pie, con flexión de rodilla, como para salvar un obstáculo. Desaparece hacia los 2-3 meses
Mal esclarecido
Reptación
Apoyado sobre el vientre y con una resistencia en el pie
Inicia movimientos coordi-
Dos de brazos y piernas para reptar sobre el suelo. Desaparece hacia los 4 meses.
Permitiría desplazarse
Natación
Sostenido horizontalmente sobre el estómago en el agua
Movimientos sincronizados de brazos y piernas. Desaparece hacia los 6 meses.
Mal esclarecido. Posible resto de conductas arcaicas.
Babinski
Presión suave sobre la planta del pie, del talón hacia los dedos
Extensión de los dedos de l pie en forma de abanico, seguida de flexión de los dedos. Desaparece hacia los 8-12 meses
Mal esclarecido
Moro
Sonido intenso, pérdida de sustentación, golpe sobre la superficie que sustenta al niño
Apertura y luego cierre de bra-
zos  y piernas, con cierre de manos sobre la línea media del cuerpo. Desaparece hacia los 6 meses
Conducta vestigial de posible utilidad para prevenir caídas y para mantenerse asido al cuerpo de la madre
Parpadear
Luz fuerte sobre los ojos
Cierre de los párpados
Protección de la luz intensa
PatelarSe
Golpe debajo de la rótula
Extensión de la pierna hacia adelante

Tónico-cervical
Tendido boca arriba se gira la cabeza hacia un lado
produce una extensión del brazo y pierna de ese lado y una flexión de los opuestos. Los ojos siguen la dirección del brazo extendido. Aparece ya en el útero; desaparece a los 3-4 meses
Facilitaría el estableci-
miento de la coordina-
ción  visión-prensión

Esto es lo único que representa es el ejercicio de un mecanismo que está preestablecido ya en un sujeto. No supone todavía ni el reconocimiento del pezón, del pecho de la madre, de la madre, y ni siquiera de la leche, más que en un sentido muy amplio. Podríamos decir que el reconocimiento de la leche se produce en un sentido más fisiológico que psicológico, por mecanismos que podrían ser parecidos a aquellos que utilizan organismos inferiores para reconocer el alimento.
Pero la repetición de la operación de mamar del pezón va unida a ciertas regularidades. Se saca leche de él, tiene una dureza determinada que se experimenta cuando se cierran los labios y que es distinta de la del mango del sonajero, o del borde de la manta, tiene una temperatura determinada, un olor, e incluso se puede asociar con una determinada visión, que en un principio será muy imprecisa, pero que se irá precisando. Así, al cabo de repetir muchas actividades de succión sobre el pezón, el niño va empezando a reconocer una sucesión de acciones que se producen en un orden y que ya son algo más que el simple ejercicio del reflejo. Pronto el niño, que podía estar llorando por la sensación de hambre, se calma al empezar a chupar, antes de que la leche llegue al estómago. Al cabo de poco tiempo el niño aprenderá a calmarse antes de empezar a chupar, cuando se lo alza y se coloca en la posición de alimentarse, anticipando que inmediatamente va a obtener el alimento y más tarde se tranquilizará cuando escuche ruidos en la habitación contigua, anticipando que vienen a darle su comida.
El niño cierra la mano cuando algún objeto le estimula la palma, aplicando el reflejo de prensión. Es un mecanismo automático que sólo pone de manifiesto la necesidad de ejercitar esa conducta refleja por parte del niño. Pero pronto busca la estimulación de tal manera que en sus movimientos erráticos de la mano trata de tocar cosas sólidas y de cerrar la mano sobre ellas, para abrirlas al cabo de un tiempo. La búsqueda de la estimulación le va llevando durante los primeros meses a interesarse por los objetos, a tratar de encontrarlos. Esto pone en funcionamiento unos mecanismos que van a ser de largo alcance y que constituyen la base de la construcción de conocimientos.


CUADRO 5. 12. Distintos tipos de evolución de los reflejos

Evolución de los reflejos
Ejemplos
Aparecen alrededor del nacimiento y se mantienen con escasas alteraciones durante el resto de la vida. Proporcionan protección ante el ambiente, pre-
sentan pocas variaciones y no tienen interés psicológico
Patelar
Palpebral
Estornudo
Desaparecen al cabo de algunos meses sin dejar rastro aparentemente y sin que esas conductas vuelvan a aprenderse
Babinski
Moro
Tónico-cervical
Prensión plantar
Desaparecen al cabo de algunos meses y más tarde vuelven a aprenderse de forma voluntaria. No se conoce bien su utilidad
Marcha
Ascensión
Natación
Reptación
A partir del segundo cuatrimestre aproximadamente se convierten en acti-
vidades voluntarias. Son los que mayor interés tienen desde el punto de vista del desarrollo psicológico
Succión
Prensión



[1] Creo que esto constituye un fenómeno de gran interés, pues parece que son los reflejos que van a tener un mayor papel en el desarrollo posterior los que se producen ante estímulos más variados. Eso es lo que sucede con la succión, la visión o la prensión. Precisamente estos reflejos son los que necesitarán coordinarse con otros para que puedan llegar a formarse los objetos, como veremos en el capítulo 7.

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