martes, 5 de abril de 2011

El comienzo de las relaciones sociales: la madre

PSICOLOGIA del DESARROLLO Y del APRENDIZAJE



DELVAL, Juan; “EL DESARROLLO HUMANO”; México; Siglo XXI Editores, 1996

9. EL COMIENZO DE LAS RELACIONES SOCIALES: LA MADRE

El hombre es ante todo un animal social, y la vida humana, tal y como la entendemos hoy, sería imposible si los otros no existieran. No sólo la vida del adulto aislado sería difícil de concebir, sino que la del niño sería inimaginable. Casos como la historia de Robinsón Crusoe, el personaje de la famosa novela de Daniel Dofoe que sobrevive solo durante años en una isla antes de encontrar a “Viernes”, lo que vienen a mostrar es la necesidad que tenemos de los otros y la precariedad de la vida de un hombre solo. Robinsón además del adulto e incluso ha conservado muchas de las producciones de la sociedad, a través de los restos salvados en el naufragio. En el caso del niño, el aislamiento tiene efectos más patéticos todavía porque no puede llegar a desarrollarse y convertirse en un adulto sin el concurso de otros adultos, pero además la investigación reciente ha mostrado que la compañía y el cariño de los otros es algo tan necesario para el desarrollo como la alimentación, y que, por tanto, se encuentra entre las necesidades básicas.
En la mitología y la literatura hay ya historias sobre niños que se han criado en aislamiento, amamantados por animales, como Rómulo y Remo, los fundadores mitológicos de roma, que sobreviven gracias a los cuidados de una loba. Esas historias ponen de manifiesto precisamente lo excepcional o milagroso de esas situaciones. En épocas más recientes se han ido recogiendo casos de “niños lobos”, “niños selváticos”, seres con profundas privaciones sociales, situados entre los hombres y los animales. Aunque los datos de que se dispone respecto a la mayoría de los casos no son completamente fiables, casi todas las historias de estos seres (entre las que se cuentan las de Víctor de l’Aveyron, plasmada por Truffaut en la película El niño salvaje, y la de Kaspar Hauser, que ha dado lugar a la película de Herzog del mismo título) muestran que esos niños o adolescentes, encontrados tras largos años de vida en condiciones precarias y de gran aislamiento, tenían una conducta muy alterada, muy lejos de los logros de sus compañeros de edad, y que el daño era en su mayor parte irreparable.
Gran parte del éxito adaptativo del hombre, hay que atribuirlo, sin duda, a su gran capacidad para cooperar (y quizá también para competir de una manera positiva) con otros hombres. El ser humano no sólo puede vivir como sus parientes animales con congéneres en grupos, sino que puede cooperar estrechamente con otros en la realización de tareas y, además, pueden mantener vínculos sociales a lo largo de grandes períodos de tiempo y con individuos que están alejados. Su capacidad social  se apoya, en este caso, en su desarrollo intelectual y nuevamente la conexión entre ambas cosas es estrecha. Podemos pensar que el desarrollo social y las relaciones con otros hacen posible la asimilación de la cultura, y contribuye poderosamente al desarrollo intelectual, pero a su vez éste es el que hace posible el mantenimiento de relaciones sociales muy extensas en un marco que desborda, completamente, las relaciones inmediatas. Los hombres pueden relacionarse con individuos del pasado a través de vestigios de textos escritos, de objetos, y también pueden mantener comunicación con otros individuos que están alejados en el espacio apoyándose para ello en la representación.
El hecho de que el hombre nazca inmaduro exige, la presencia de adultos que se ocupen y satisfagan las necesidades de la cría durante largo tiempo. Esta situación no es única, sino que es compartida con otros primates aunque en el caso del hombre, la relación sea más prolongada, más intensa, y con consecuencias más duraderas, si puede hablarse así.
Así pues, la capacidad para establecer y mantener vínculos sociales es un aspecto muy importante del desarrollo humano, y es comprensible que a lo largo de la evolución se hayan seleccionado conductas que favorezcan el contacto y la cooperación con otros seres humanos.
Harlow y Harlow (1966) han distinguido en los primates cinco sistemas afectivos distintos o que pueden estudiarse separadamente. Esos sistemas afectivos son: el maternal o materno-filial, es decir, las relaciones que se establecen entre la madre y la cría; el sistema  filio-maternal, que es la relación que se establece entre la cría y la madre y que hay que considerar separadamente, porque no es una relación simétrica con la anterior, sino una relación que puede considerarse como recíproca. El sistema afectivo de los compañeros de edad o camaradas, que desempeña un importante papel en la segunda fase del desarrollo. El sistema afectivo sexual y heterosexual, que da lugar a las conductas sexuales adultas que sirven entre otras cosas para la procreación. El sistema afectivo paterno, que produce respuestas positivas de los machos adultos hacia las crías y jóvenes.
Naturalmente, las relaciones entre estos distintos sistemas son estrechas y probablemente sirven a una finalidad común. Aunque existen diferencias entre unas especies y otras, también hay considerables similitudes que podrían llevarnos a suponer que hay componentes, determinados biológicamente, en esas conductas.

La necesidad del contacto social

Así pues, parece claro que para sobrevivir el niño necesita a los demás, necesita adultos que se ocupen de él y satisfagan sus necesidades más elementales. Cuando tiene algún malestar, hambre, sueño, dolor, calor, frío, está en una mala postura, etc., se produce una reacción refleja de llanto. No es que el niño esté llamando a nadie, pero es probable que en las proximidades del bebé hay un adulto, porque no es costumbre dejar a los bebés abandonados durante mucho tiempo. El llanto va a tener como efecto que el adulto se acerque y trate de confortar al bebé, eliminando, en la medida de lo posible, la fuente de malestar. A lo largo de la evolución se han seleccionado conductas beneficiosas para la supervivencia de los individuos y de la especie; las llamadas del niño para pedir ayuda y contacto y luego para interaccionar con los adultos, así como el interés de éstos y sus respuestas a las demandas del niño, forman parte de esas conductas.
Konrad Lorenz, el destacado investigador del comportamiento animal, ha señalado que existen unos rasgos infantiles en las crías que sirven para desencadenar en los adultos respuestas paternales y que los adultos tienen una predisposición innata para atender a las crías. El aspecto infantil se caracteriza por una cabeza muy grande frente a un cuerpo pequeño, con una gran frente abultada, unos ojos proporcionalmente muy grandes situados muy abajo en relación con la frente, barbilla poco abultada y, en general, rasgos suaves y redondeados. Estos rasgos están presentes en muchas especies y también se aplican al hombre.
Esa propensión favorable hacia las crías se manifiesta especialmente en los animales que están criando, y sirve para garantizar las atenciones que necesitan. En los hombres es bastante marcada, a todos nos gustan las crías, y no sólo de nuestra propia especie. La predisposición favorable es muy utilizada por los fabricantes de muñecos, que exageran los rasgos infantiles, y también en las ilustraciones de cuentos y en las películas animadas con esos simpáticos personajes que atraen a niños y adultos, como el ratón Mickey, o los pitufos.  
El niño responde al cuidado que se le presta y muy pronto empieza a establecer relaciones con las personas con las que está en contacto. Eso no quiere decir que diferencie e identifique a las personas desde el principio. Posiblemente hay un interés inicial por las personas porque son fuentes privilegiadas de estimulación, mucho más versátiles que las cosas. Las personas producen estímulos de varios tipos, visuales, sonoros, táctiles, etc., y además son iniciadoras de acciones. Esto necesariamente tiene que interesar al niño que es un buscador de estimulación.
Algunos autores defienden que los bebés tienen una "disposición” social que les hace responder y reconocer de alguna manera a las personas desde el principio. No puede afirmarse con total certidumbre que no sea así, pero las pruebas a favor no resultan muy claras. En múltiples campos del desarrollo se ha ido descubriendo que el hombre no dispone al nacer de capacidades muy especializadas, sino otras muy generales que se van especializando gracias al contacto con el medio y los intercambios con los otros.
Por ello parece que el niño no empieza identificando y diferenciando a unas personas de otras y quizá ni siquiera de los objetos. Lo que empieza reconociendo son situaciones que se han producido anteriormente en su corta vida, situaciones de las que forman parte también las personas. Reconoce la situación de la alimentación, del baño, o del cambio de pañales, y dentro de ellas reconoce también las posiciones en que se le coloca para mamar o para bañarle, lo cual le va a permitir pronto anticipar lo que va a suceder.

Hitos en el establecimiento de las primeras relaciones sociales

Hay una serie de fenómenos que ponen de manifiesto el progreso social desde momentos tempranos del desarrollo. Durante el segundo mes de vida se produce la sonrisa social, que va unida a un interés por las personas. La sonrisa aparece desde muy pronto, pero sólo es hacia las cuatro o seis semanas cuando empieza a manifestarse como una respuesta a estímulos externos (antes lo es sobre todo a estímulos internos, a la sensación de bienestar, es la denominada sonrisa fisiológica) y poco a poco va asociándose con estímulos sociales y con la cara humana.
Se produce también hacia esta época un interés por las personas como fuentes de estímulo privilegiadas, aunque probablemente todavía no exista un reconocimiento de las personas en cuanto tales y sobre todo una diferenciación entre ellas.
Hacia los siete u ocho meses (tomando siempre estas edades como una referencia), se produce un conjunto de hechos que señala un paso adelante. Hacia esa edad se forman lazos más estrechos con una o varias personas específicas, en particular con la madre o la persona que cuida más permanentemente al niño. Pero además se produce lo que se llama la ansiedad por la separación, es decir, manifestaciones claras de disgusto cuando se produce una separación. Si la separación se prolonga, el niño cae en un estado de ansiedad, de disgusto, de agitación y tanto las separaciones como los reencuentros tienen un marcado carácter emocional. Se ha señalado que si los niños se separan antes de esta edad, como por ejemplo para adoptados en otro medio familiar, se pueden producir ciertos desajustes debidos al cambio de prácticas y de rutinas pero que no son comparables  con los efectos que tienen las separaciones posteriores a partir de los siete u ocho meses. Ello sería debido a que todavía no se han formado los apegos.
Y un tercer hecho notable que se produce hacia esta edad es el miedo a los extraños, que antes no se producía. Los niños de pocos meses pueden ser tomados y responden igualmente bien a diferentes personas pero a partir de los siete u ocho meses se empiezan a manifestar reacciones de disgusto y de rechazo hacia las personas desconocidas y tendencia a orientarse hace las personas conocidas, con las que haya apegos, si están presentes.
Todos estos hechos anteriores constituyen una serie de mojones importantes en el establecimiento de las relaciones con otros que han sido señaladas por los psicólogos.
Hay que señalar que el niño aprende de la regularidad de los acontecimientos. Cuando las cosas se producen siempre de una misma manera, cuando los acontecimientos. Cuando las cosas se producen siempre de una misma manera, cuando los acontecimientos se desarrollan con un cierto orden constante, el niño tiene muchas más posibilidades de adecuar su conducta y también de realizar anticipaciones, produciendo esa adecuación incluso antes de que los acontecimientos tengan lugar. Generalmente los adultos se comportan de una manera regular en las rutinas del cuidado del niño, en darle de comer, limpiarle, interaccionar con él, calmarle, etc. Esa constancia resulta entonces muy importante para el desarrollo.

Las expresiones emocionales

Los seres humanos no nos encontramos siempre en la misma situación anímica, sino que vemos alterados nuestros estados de ánimo cuando suceden ciertas cosas a nuestro alrededor, es decir, experimentamos emociones, como la alegría, el miedo, la tristeza o la ira. Cuando se produce un acontecimiento que tiene especial significación para nosotros experimentamos cambios en nuestro estado emocional, lo que facilita nuestras reacciones en esos momentos. Además sirven para comunicarlas a los demás pues se manifiestan de diferentes maneras, en la expresión del rostro, en movimientos, en vocalizaciones y también producen alteraciones fisiológicas, como modificar la atención, variar el ritmo cardíaco, segregar determinadas hormonas, etcétera.
Hacia la mitad del siglo XIX Charles Darwin se interesó por el estudio de las emociones, pues le llamó poderosamente la atención la semejanza entre las expresiones emocionales en distintos países, entre hombres de distintas razas, e incluso entre hombres y animales, y supuso que tienen un importante valor adaptativo para la supervivencia de los individuos, pues ponen en marcha en un nivel muy básico, sin necesidad de tomar conciencia de ello, respuestas adecuadas a la situación.
Las emociones tienen también un gran valor comunicativo. La alegría nos permite alcanzar nuestro objetivo con más vigor y manifiesta a los otros el placer que la situación nos proporciona, la tristeza favorece el interés de los demás y provoca conductas de ayuda en los otros, la ira aumenta la energía en situaciones molestas. A través de las expresiones emocionales los demás saben en qué estado nos encontramos y pueden adoptar la conducta apropiada.
Aunque Darwin, autor de un famoso libro: La expresión de las emociones en los animales y en el hombre (1872), realizó una valiosa contribución al estudio de las emociones y otros psicólogos se interesaron por esos estudios, en épocas más recientes el estudio de las emociones ha permanecido estancado. Una de las razones por la que esto ha sucedido es porque las emociones son algo íntimas, interno, privado y resultan difíciles de estudiar. Sin embargo, a partir de los años setenta, se han empezado a utilizar métodos más precisos para estudiar las emociones, y entre ellos el análisis detallado de las expresiones faciales. Autores como Ekman (1972); Ekman y Friesen (1971); Ekman y Oster (1979) e Izard (1971), entre otros, han diseñado sistemas para analizar las expresiones faciales emocionales en sus dos componentes. La cara posee 18 músculos faciales superficiales y cinco profundos que intervienen de distinta manera para dar una determinada expresión y cada emoción tiene unos componentes específicos. El sistema de Ekman consiste en analizar el movimiento de los distintos músculos y de esa manera se puede determinar con exactitud cuál es la expresión.
Gracias a estos procedimientos se ha podido comprobar con precisión que las expresiones emocionales son comunes a todos los seres humanos y se han tratado de detectar expresiones emocionales básicas. Aunque hay ciertos desacuerdos entre distintos autores hay un gran acuerdo para considerar la alegría, tristeza, ira, miedo, sorpresa, desagrado e  interés, como emociones básicas. La tristeza dirige un estado negativo hacia el propio sujeto, mientras que la ira o rabia que se manifiesta ante una frustración, dirige los efectos hacia el exterior, tratando de eliminar los obstáculos. El miedo/terror es una anticipación de un peligro y se manifiesta en la evitación y la huida.
En el bebé, que todavía no puede hablar, las emociones tienen una enorme utilidad para establecer la comunicación con los demás, para informar a los otros de sus necesidades. Puede esperarse entonces que la aparición de las emociones dependa del momento en que pueden desempeñar una función adaptativa. Hasta hace poco se suponía que los recién nacidos tienen una única expresión emocional, un estado de excitación indiferenciado, del que se irían distinguiendo emociones específicas. Sin embargo, como vimos en el capítulo 5, los recién nacidos diferencian los sabores y lo manifiestan mediante llantos diferenciados. Hoy se tiende a suponer que el interés, disgusto y malestar, así como un precursor de la sorpresa, aparecen en los neonatos, y que la rabia, la sorpresa y la alegría se manifiestan hacia los cuatro meses, mientras que el miedo y la timidez surgirían en la segunda mitad del primer año. Al mismo tiempo, las madres creen reconocer en sus hijos las expresiones emocionales desde muy temprano a través de las expresiones faciales, vocales, los gestos y movimientos de los brazos. En un estudio se encontró que las madres de niños de tan sólo un mes, creían reconocer en un 99% el interés, en el 95% la alegría, en el 84% la ira, en el 75% la sorpresa, en el 58%  el miedo y en el 34% la tristeza. Quizá sólo se trate de atribuciones que hacen las madres, pero, en todo caso, sirven para que respondan de forma diferenciada y posiblemente contribuyen así a consolidar las expresiones emocionales de sus hijos y la capacidad de comunicación.
Con el crecimiento va variando la manera de manifestar las emociones y cómo influyen en las acciones. Por ejemplo, cuando se frustra a un bebé de cuatro meses, limitando sus movimientos, dirige la ira hacia la causa inmediata, por ejemplo, hacia la mano que lo sujeta, mientras que hacia los siete meses se dirige hacia la persona que lo frustra. Ante inyecciones, los niños manifiestan primero cara de dolor, pero a partir de los siete meses expresan ira.
La sonrisa es un elemento importante de las relaciones sociales, pero inicialmente sería una expresión refleja, que pronto se produce como expresión de satisfacción y de bienestar. Ese bienestar se manifiesta con frecuencia como reconocimiento de situaciones anteriores y así el niño sonríe al patito de plástico, al sonajero, a la lámpara de la habitación. Los adultos refuerzan intensamente la aparición de la sonrisa con gestos de alegría, con mimos, con expresiones vocales o movimientos dirigidos al niño. Así, poco a poco, se va especializando como una conducta de tipo social, y ésta es la forma que va a adoptar primordialmente y eso favorece que se vuelva a producir y que se convierta en un elemento sobre todo a otros seres humanos, aunque no sólo. De este modo los adultos sonreímos sobre todo a otros seres humanos, aunque no sólo. La risa abierta aparece algo más tarde y es una manifestación más intensa que sirve además para descargar la tensión.
Las emociones se van socializando y las madres imitan las expresiones emocionales de sus hijos, pero se van limitando, a medida que crecen, a repetir las expresiones emocionales positivas y así se enseña a los niños a limitar y controlar las expresiones negativas. De todas formas ese control está relacionado con la capacidad cognitiva y con la previsión de las consecuencias que las emociones tienen en los otros.
Pero los bebés no se limitan a expresar sus emociones sino que muy pronto son capaces de reconocerlas en los otros y de interpretarlas adecuadamente. Parecería que esa discriminación aparece hacia los tres meses todavía de una forma incipiente, pero hacia los cuatro – cinco parece clara la distinción y si se presentan caras con distintas expresiones emocionales, las de alegría y tristeza atraen más la atención y las miran más, mientras que la ira, el miedo, el desagrado o la tristeza tienden a evitarse e incluso provocan lloros en el niño (Iglesias, 1985). Ya desde los tres meses los niños manifiestan síntomas de disgusto ante la cara inmóvil e inexpresiva de la madre, o ante su cara de tristeza. Así pues, los bebés son buenos reconocedores de las expresiones de los adultos más próximos y pronto van aprendiendo a responder a esas expresiones de forma adecuada. A partir del segundo año los niños son sensibles a las situaciones de tensión en los adultos y también son capaces de reconfortar a una persona en una situación negativa.

La primera relación social

En los contactos repetidos del niño con su entorno se van estableciendo situaciones que se repiten una y otra vez de forma muy regular. Así, de ese conjunto de relaciones con personas y cosas, va emergiendo una relación especial con la persona que le cuida más directamente, con la figura materna, que puede ser su madre natural, una persona que desempeñe esas funciones, o cualquier otra persona, pues parece que esa importante relación se puede establecer con cualquier adulto (y posiblemente incluso con un niño mayor).
Si se piensa un poco sobre cómo se establece esa relación lo primero que se le puede ocurrir a uno es que la alimentación, la limpieza y la satisfacción de las primeras necesidades ligadas a la supervivencia deben ser el momento y la causa del establecimiento de los primeros vínculos. Y así lo pensaron también psicólogos, psiquiatras y otras personas relacionadas con el desarrollo del niño, que durante largo tiempo sostuvieron que esa primera relación se establecía a través de la satisfacción de las necesidades del niño- Dado que el niño necesita que le alimenten, que le limpien, que mantengan su confort y que esa tarea la realiza generalmente una misma persona y va estableciendo una relación con ella. Con el tiempo la relación se independiza de la satisfacción y el niño encuentra un placer en la relación y el contacto con esa persona por sí mismo. Así a través de la satisfacción de una necesidad primaria se establecería una relación secundaria, que con el tiempo se haría autónoma.
Hoy consideramos que esa primera relación es muy importante para el desarrollo posterior del individuo, y que puede marcarle en su vida futura, pero no siempre se ha visto así. Todavía a finales del siglo XIX se pensaba que la etapa más importante para la formación del carácter era la adolescencia, y así lo mantenían psicólogos de prestigio. Fue el médico vienés Sigmund Freud, el fundador del psicoanálisis, el que insistió en la importancia de los primeros años de vida para el desarrollo del niño, y defendió además que la relación con la madre constituye el modelo de todas las relaciones afectivas posteriores.
Una vez admitida la importancia de esa relación, que hoy casi nadie pone en duda, se trata de determinar cómo se produce. Psicólogos de muy distintas tendencias, incluido el propio Freud, ah sostenido que la relación se establecía a través de la satisfacción de las necesidades, como acabamos de señalar. Freud, en uno de sus últimos escritos, el Esquema del psicoanálisis, redactado en 1938 escribe:

El primer objeto erótico de un niño es el pecho de la madre, que lo alimenta; el amor tiene su origen en la dependencia de satisfacer la necesidad de alimento. No hay duda de que en principio el niño no distingue el pecho del propio cuerpo, cuando el pecho ha de ser separado del cuerpo y aislado en el “exterior”, porque el niño percibe su ausencia repetidas veces, entonces, como un “objeto”, lleva consigo una parte de la catexis libidinosa narcisista primitiva. Este primer objeto llega a completarse más tarde hasta formar la persona de la madre, que no sólo alimenta al niño sino que cuida de él y provoca así en el mismo cierto número de sensaciones físicas diversas, placenteras y penosas. Al cuidar del cuerpo del niño se convierte en su primera seductora. En estas dos relaciones se halla la raíz de la importancia de la madre, sin paralelo, establecida inalterablemente para toda la vida, como el primer y más fuerte objeto amoroso y como el prototipo de todas las relaciones amorosas posteriores –para ambos sexos. En todo esto los fundamentos filogenéticos predominan de tal modo sobre las experiencias personales accidentales que no importa si un niño ha mamado realmente o si ha sido criado con biberón y nunca gozó de las ternuras del cuidado materno. En los dos casos el desarrollo sigue el mismo camino; puede ser que en el segundo su nostalgia posterior sea mayor. Y por mucho tiempo que haya sido alimentado por el pecho materno, siempre le quedará la convicción, al ser destetado, de que su alimentación fue demasiado corta y demasiado escasa (Freud, trad. cast. P. 1047).

La explicación parecía muy razonable y fue adoptada por otros investigadores de corrientes tan alejados aparentemente del psicoanálisis como el conductismo. En 1928, Watson sostenía en su libro Psichological care of infant an child , que el amor es una respuesta condicionada igual que el miedo, y él había tratado de mostrar que el miedo se podía condicionar. Decía:

El amor se produce en casa, se construye. En otras palabras el amor está condicionado. Usted dispone de todo lo necesario durante todo el día para establecer respuestas condicionadas de amor. Tocar la piel hace el papel de la barra de hierro, la visión de la cara de la madre hace el papel del conejo en los experimentos sobre el miedo. El niño ve la cara de la madre cuando le acaricia. Pronto la simple visión de la cara de la madre produce la respuesta amorosa. El tocar la piel ya no es necesario para producirla. Se ha formado una reacción condicionada de amor (Watson, 1928).

Hay mucha similitud entre estas dos explicaciones. En ambos casos el amor, la relación, se establece sobre la satisfacción de las necesidades más importantes y urgentes: la alimentación o el confort. El niño empieza a amar a la persona que le satisface esas necesidades. Una pléyade de investigadores siguió estas ideas.

El descubrimiento del apego

La explicación parece muy clara, y hasta evidente, pero quizá uno de los avances más importantes de la psicología en época reciente hay sido mostrar que era falsa, y que la relación con los otros es una necesidad primaria, que se establece al margen de la alimentación y la satisfacción de otras necesidades.
El etólogo Konrad Lorenz, que mencionábamos antes, había observado que muchas aves, después de salir del cascarón, siguen al primer objeto que se mueve en sus proximidades y establecen una relación muy fuerte con él, que se mantiene hasta que el animal se convierte en un ser independiente. Lorenz consiguió que patos y ocas se vincularan a él mismo y le siguieran por doquier, emitiendo pitidos de llamada y esperando que él les contestara como si fuera su madre. Se denominó troquelado a esa primera relación que las aves establecen con un objeto que se desplaza. En las condiciones naturales, ese objeto suele ser la madre, y Lorenz sostuvo que establecer esa relación, cuando el animal comienza a poder desplazarse por sí sólo, era muy importante para su supervivencia, ya que el adulto con el que establece el vínculo le protege de infinidad de peligros y facilita que llegue a convertirse en un adulto. Cualquier cosa que favorezca el mantenimiento de la proximidad con un adulto es algo beneficiosa para la cría y Lorenz afirmaba que a lo largo de la evolución se han seleccionado esas conductas. (…)
A partir de estos estudios, dos vías de investigación independientes contribuyen a entender la importancia de esa relación en los mamíferos superiores: los trabajos del psiquiatra inglés John Bowlby observando niños y los estudios del psicólogo norteamericano Harry Harlow que trabajaba sobre los efectos de la privación social de los monos.
John Bowlby, tras estudiar diversos casos de privación afectiva durante la infancia, partiendo de la teoría psicoanalítica de Freud, y apoyándose también en el estudio de la formación de vínculos en los animales, formuló a partir de 1958 la teoría del apego, según la cual la relación con los otros es una necesidad primaria y tiene un importante valor para la supervivencia de los individuos.
En los mamíferos no existe un troquelado del mismo tipo   que en las aves, pero también se establecen fuertes vínculos con los adultos, generalmente a partir del momento en que la cría comienza a poder desplazarse por sí sola, cosa que en algunos casos se produce meses después del nacimiento. Es precisamente a partir del momento en que la cría dispone de la capacidad para alejarse cuando se encuentra más expuesta a múltiples peligros y cuando un vínculo con un adulto resulta más útil para favorecer su supervivencia.
Bowlby denominó a esa relación apego (attachement) y mostró que tiene valor esencial para la supervivencia de los individuos y sería un precipitado de la historia de la humanidad y de sus antecesores en la escala biológica. En efecto, el hecho de que el niño se mantenga próximo a un adulto sirve para preservarle de múltiples asechanzas y peligros y, por tanto, contribuye a su supervivencia y a la adaptación de la especie.
Por su parte el psicólogo norteamericano Harry Harlow (1958) comenzó a interesarse por la relación entre madre y crías en monos y llevó a cabo una serie de experimentos que han tenido una gran resonancia. La doctora Van Wagenen le comunicó que había observado que las crías de los monos establecen relaciones intensas con pañales que se dejan en la jaula, y esto le puso sobre la pista de la importancia que tenía el contacto corporal para el desarrollo. Harlow realizó una serie de experiencias de separación de monos de sus madres desde el nacimiento y los crió con madres sustitutas, una de las cuales consistía en un cilindro de alambre que tenía acoplado un biberón y otra un cilindro semejante, pero recubierto de felpa. Harlow observó que, aunque el biberón estaba en la “madre” sustituta de alambre, los monos pasaban la mayor parte del tiempo que no estaban mamando subidos a la de felpa e interactuando con ella. Cuando algo asustaba a los monitos, éstos corrían a refugiarse en la “madre” de felpa. Naturalmente este descubrimiento constituía un duro golpe para la hipótesis de que la relación con la madre se establece a través de la alimentación.

CUADRO 9.3. Distintas explicaciones de la formación del apego

 

Autores



Teoría

Explicaciones

  Freud

  Psicoanalítica

El niño recibe de la madre el alimento que necesita. Poco a poco va estableciendo una asociación entre esa satisfacción y la persona que se la proporciona, de tal manera que se va formando un vínculo que se vuelve independiente de la satisfacción de las necesidades, y así se establece ese primer amor.


  Watson

  Conductista

La madre satisface las necesidades del niño y le proporciona confort. Poco a poco se va estableciendo una asociación entre esas satisfacciones y el rostro de la madre, de tal manera que se forma una respuesta condicionada de amor ante la sola presencia de la persona.


  Bowlby

  Etológica

El niño no puede valerse por el mismo, y a partir del momento en que comienza a desplazarse, el mantenerse próximo a un adulto constituye una garantía para su supervivencia. Por ello la formación del vínculo es una necesidad primaria, que no se apoya en la satisfacción de otras necesidades.


Así pues, según la teoría de Bowlby, el individuo humano poseería entonces un sistema de conductas que tiene como resultado predecible la aproximación y el mantenimiento del contacto con el individuo adulto que se ocupa de su cuidado, que es la figura materna. El bebé dispone de diversos sistemas conductuales característicos de la especie y que contribuyen a su supervivencia. Decir que tienen como resultado predecible el mantenimiento del contacto, significa que no es inexorable que se mantenga el contacto pero sí muy probable que suceda.

Los componentes del sistema conductual son, por una parte, las conductas señaladoras, como llorar, llamar o sonreír, que tienen como función atraer la atención del adulto, y conductas más activas, como la locomoción o trepar que sirven para establecer y mantener el contacto.
El apego sería un lazo duradero que se establece para mantener el contacto y que se manifiesta en conductas que promueven ese contacto. Esas conductas se harían especialmente intensas en las separaciones o ante peligros. El niño mantiene el contacto visual con la madre y ante cualquier modificación del medio busca el contacto directo.



CUADRO 9.4. Bowlby y la formación de la teoría del apego


Hacia el final de los años treinta y comienzo de los cuarenta se empezaron a publicar una serie de trabajos sobre la importancia de los cuidados maternos y las influencias que su privación producía ulteriormente. La segundo guerra mundial, que produjo enormes alteraciones en la vida familiar y social, contribuyó al interés por el problema al existir un gran número de niños sin familia.
John Bowlby, un psiquiatra inglés que tenía una formación psicoanalítica, realizó en 1944 un estudio sobre delincuentes juveniles y descubrió que un rasgo común en sus historias era una carencia de atención materna y de afecto. En 1950 la Organización Mundial de la Salud le encomendó que redactara un informe sobre la salud mental de los niños, que apareció en 1951 bajo el título Cuidados maternos y salud mental. En él, tras revisar los estudios existentes, llegó a la siguiente conclusión: “Consideramos esencial para la salud mental que el bebé y el niño pequeño experimenten una relación cálida, íntima y continuada con la madre (o sustituto materno permanente) en la que ambos hallen satisfacción y goce”.
Pero, como él mismo reconocía más tarde, el informe tenía un defecto. Aunque ponía claramente de manifiesto los efectos de la privación materna, no explicaba a qué se debían y cómo se producían; carecía de una teoría desde la que poder explicar lo que pasaba. Por esos años un famoso biólogo, Julian Huxley, llamó la atención de Bowlby hacia los trabajos de los etólogos y en concreto hacia los estudios de Lorenz sobre el troquelado en las aves. La Organización Mundial de la Salud organizó una serie de reuniones sobre el desarrollo del niño en las que participaron etólogos, como el propio Lorenz; antropólogos, como Margaret Mead; psicólogos, como Piaget; cibernéticos, como Grey Walter y otros notables investigadores entre los que estaba el propio Bowlby. El contacto con Lorenz y con Hinde ejerció una profunda influencia sobre las ideas de Bowlby y en 1958 publicó su artículo "La naturaleza del vínculo del niño con su madre” en el que formulaba por primera vez una explicación en términos etológicos: el niño tiene una necesidad primaria de vincularse a un adulto y ello constituye parte de su supervivencia. Ese mismo año Harlow publicaba sus estudios sobre la privación social en los macacos y ambos autores entraron en contacto.
A partir de entonces Bowlby fue acumulando una inmensa cantidad de datos a favor de su teoría y fue elaborándola y perfeccionándola. Se preocupó por entender no sólo la formación del vínculo sino también la separación afectiva y la pérdida afectiva en la niñez y en la vida adulta. Su labor se plasmó en una trilogía que constituye un hito en la historia de la psicología: El vínculo afectivo (1969), La separación afectiva (1973) y La pérdida afectiva (1980).
Los trabajos de Bowlby han dado lugar a grandes controversias y numerosos investigadores, entre ellos Mary Ainsworth, colaboradora suya de los primeros momentos, han llevado a cabo numerosas investigaciones y han convertido el estudio de las relaciones sociales tempranas en un campo de estudio muy floreciente. Se le ha reprochado a Bowlby haber atribuido demasiada importancia al vínculo con la madre y haber descuidado la importancia de otras relaciones. La investigación permitirá aclarar las cosas, pero en todo caso la teoría de Bowlby ha abierto nuevos caminos para la comprensión del hombre.

Las etapas del apego


Aunque la relación del niño con la madre no se establezca como resultado de la alimentación o de los otros cuidados físicos que necesita, es cierto que los momentos de atención al niño son muy importantes para el surgimiento de la relación. En otras culturas es costumbre que el niño esté durante los primeros meses de su vida en contacto permanente con su madre o con otro humano mayor que él, que puede ser una hermana mayor, tía u otro pariente. Esos niños están recibiendo señales y contactos permanentes del adulto.
En nuestra sociedad no es así. El niño permanece muchas horas solo, en su cuna, y los adultos le atienden cuando llora, mientras se alimenta o tiene otras necesidades. En esas situaciones es donde interacciona con la madre. Pronto reconoce las situaciones y la figura de la madre empieza a emerger, a despegarse de ellas como el actor principal.
La teoría etológica sostiene que a lo largo de la vida de la especie ha resultado esencial para su supervivencia la formación de un vínculo con un adulto que permita el mantenimiento de la proximidad. Por eso ese vínculo no necesitaría depender de ninguna otra necesidad, sino que sería una necesidad primaria.
Pero el vínculo no se forma de golpe, sino que atraviesa por varias fases. Inicialmente, el niño empieza a atender a las personas, pero sin diferenciar a unas de otras, las diferencias sólo por algunos aspectos, pero que no se convierten en características propias de la persona. Pero el niño empieza a interaccionar con miradas, balbuceos, sonrisas, etc., que todavía son muy indiferencias. Recordemos que sólo hacia los tres o cuatro meses el niño empieza a reconocer las caras.
A partir de los tres meses aproximadamente el niño empieza a producir respuestas diferencias hacia las personas y sobre todo hacia una o unas pocas personas. El niño reconoce ya plenamente las situaciones habituales y además en esas situaciones empieza a emerger la persona (o personas) que le cuida, con la que establece un contacto diferente. Esta fase dura hasta los seis meses.

En una tercera etapa, a partir de los seis – siete meses, el niño no solo diferencia netamente a una persona, sino que trata de mantenerse en su proximidad o en contacto, ya sea directo ya visual. El niño no sólo interactúa o responde a los gestos o las señales de los otros, sino que él mismo inicia gestos y acciones. Los comienzos de la marcha, que se desarrolla durante esta fase, van a permitir que el niño trate de mantener el contacto activamente, siguiendo a su madre. El niño es mucho más activo y trepa, se mueve y protesta fuertemente cuando la madre se va. Esta fase, que es cuando puede decirse plenamente que existe un apego, dura hasta los tres años, aproximadamente.


CUADRO 9.5. Etapas del establecimiento del apego según Bowlby

 

Etapa



Edad aproximada

 

Características


1


0 a 2 meses

Orientación uy señales sin discriminación de la figura

2


2 a 6 meses

Orientación y señales dirigidas hacia una o mas figuras discriminadas.

3


6 meses a 3 años

Mantenimiento de la proximidad hacia la figura discriminada tanto mediante la locomoción como a través de señales.

4


A partir de los 3 años

Formación de una asociación con adaptación al objeto.

El que ese apego no se empiece a establecer hasta los seis – siete meses no es por azar sino que depende de todo el resto del desarrollo. Hasta ese momento, el desarrollo cognitivo del niño no le permitía discriminar claramente unas personas de otras, reconocerlas en diferentes posturas o situaciones. Pero además los progresos de la marcha, el que el niño comience a gatear y a desplazarse, y por tanto que pueda alejarse de la persona que le cuida, hace necesario el establecimiento de la relación.
La cuarta fase constituye un paso muy ulterior y en cierto modo de otra naturaleza. El apego ya ha sido construido, la relación entre el niño y la madre está perfectamente establecida, pero el niño concibe todavía la relación desde su propio punto de vista. Le queda por concebir a la madre como un ser independiente de él y empezar a entender sus motivaciones, sus deseos, sus sentimientos, sus estados de ánimo. Esto va unido también a que la disposición de la madre hacia el niño es menor. Ya no está siempre dispuesta a sus demandas sino que trata de disciplinarle, de “educarle”. Esto va a permitir el establecimiento de una relación nueva, que no va a ser igualitaria, porque no puede serlo y nunca lo será, pero en la que la madre existe como un objeto independiente, que tiene sus propios deseos y necesidades, que pueden no coincidir con los del niño. Esta fase se inicia hacia los tres años y puede durar el resto de la vida.
La importancia del apego para la vida futura es enorme. Según Bowlby, en sus relaciones con las figuras de apego, el sujeto construye un modelo del mundo y de él mismo, a partir del cual actúa, comprende la realidad, anticipa el futuro y construye sus planes.

En el modelo de funcionamiento del mundo que cada uno construye, un rasgo fundamental es su noción de quiénes son sus figuras de apego, dónde se las puede encontrar y se puede esperar que respondan. De forma similar, en el modelo de funcionamiento del yo que cada cual construye, un rasgo fundamental es la noción de hasta qué punto es uno mismo aceptable a los ojos de sus figuras de apego. En la estructura de esos modelos complementarios se basan las predicciones de cada persona acerca de lo accesibles y disponibles que serían sus figuras de apego si se dirigiera a ellas en petición de apoyo (Bowlby, 1973, p. 203).

En el modelo del mundo, una parte importante se refiere a las relaciones con los otros. Los individuos pueden desarrollar un modelo en el que se supone que otras personas están disponibles cuando uno las necesita o no lo están y entre esas dos posiciones extremas caben todas las intermedias que puedan imaginarse.

Desde los primeros meses en adelante y a lo largo de toda la vida la presencia real o la ausencia de una figura de apego es una variable principal que determina si una persona está o no está alarmada por una situación potencialmente alarmante; desde la misma edad, y también a lo largo de toda la vida, una segunda variable principal es la confianza de la persona, o la falta de confianza, en que una figura de apego que es la confianza de la persona, o la falta de confianza, en que una figura de apego que no está realmente presente está sin embargo disponible, en concreto accesible y dispuesta a responder, si por cualquier razón se desea eso. Cuanto más joven es el individuo más importante es la primera variable, la presencia o ausencia real; hasta el tercer año es la variable dominante. Después del tercer cumpleaños las previsiones de disponibilidad o falta de disponibilidad adquieren una importancia creciente, y después de la pubertad es probable que se conviertan en la variable dominante. (Bowlby, 1973, pp. 203 –204).

La interacción entre el niño y la madre

Así pues, la teoría establece que en los primeros años de la vida se van formando vínculos con otras personas y que esos vínculos van a tener influencia en las relaciones posteriores que se establezcan con otros. El propio Bowlby no hizo trabajo experimental, sino que realizó un enorme trabajo teórico (que se plasmó en su famosa trilogía) y analizó cuidadosamente los trabajos de otros. Una de as seguidoras, Mary Ainsworth, si que ha realizado un trabajo experimental para establecer las diferencias individuales en el apego, siguiendo las líneas de Bowlby.
En el apego lo más importante es posiblemente la calidad de la relación. Por eso, Mary Ainsworth distingue diversos tipos de apego. Esas diferencias se manifiestan sobre todo en las separaciones. En efecto, el apego es un vínculo que sirve para procurar y mantener la proximidad ebntre la cría y el adulto. Pero sería poco eficaz y deseable para la especie un vínculo que le permitiera la separación de uno y otro. Los niños necesitan conocer el mundo, explorar el entorno, y para ello necesitan alejarse de la madre. Además los niños tienen que establecer relaciones con otros adultos y con otros niños.

Un apego puede definirse como un vínculo afectivo que una persona o animal establece entre sí mismo y otra persona y que permanece con el paso del tiempo. La característica inconfundible del apego es procurar, obtener y mantener un cierto grado de proximidad al objeto de apego, o cual pasa de un estrecho contacto físico, en algunas circunstancias, a la interacción o comunicación a una cierta distancia, en otras, (Ainsworth y Bell, 1970, trad. cast. P. 372)

Los estudiosos del apego diferencian entonces entre apego y conducta de apego. La diferencia es simple. El apego es propiamente el vínculo, una especie de atadura invisible que no puede observarse directamente, que persiste en el tiempo, y que se mantiene en la separación y la distancia. En cambio las conductas de apego son manifestaciones visibles de apego, “conductas que favorecen la proximidad y el contacto”, entre las que se cuentan la aproximación, el seguimiento, el abrazo, la sonrisa, el llanto o las llamadas. El niño que hace gestos estirando los brazos para que su madre lo alce, el que la sigue gateando o corriendo, o el que no se despega de ella manifiestan conductas de apego. Pero la abundancia de esas manifestaciones no es prueba de que exista un buen apego. Por el contrario, es posible que un niño que exige la presencia continua de la madre, que no se puede separar de ella ni un momento, no tenga necesariamente una relación buena. Precisamente con esas conductas de apego exageradas lo que pone de manifiesto es que está inseguro en la relación, que puede tener miedo a la separación, que no tiene confianza plena en la disponibilidad de la figura de apego.

CUADRO 9.7. Episodios de la situación extraña de Ainsworth


Número del episodio


Personas presentes

Duración

Breve descripción de la acción

1

 Madre, bebé y observador

  30 seg.

El observador introduce a la madre y al bebé en la sal experimental y sale.

2

 Madre y bebé

  3 min.

La madre no participa mientras el bebé explora; si resulta necesario se estimula el juego después de 2 minutos.

3

 Extraña. madre y bebé

  3 min.

La extraña entra. Primer minuto: la extraña está callada. Segundo minuto: la extraña habla con la madre. Tercer minuto: la extraña se acerca al bebé. Transcurridos los 3 minutos la madre sale silenciosamente.

4

 Extraña y bebé

  3 min. ó    menos

Primer episodio de separación. La conducta de la madre está determinada por la del bebé

5

 Madre y bebé

  3 min. ó más

Primer episodio de reunión. La madre saluda y/o conforta al bebé, luego trata de que vuelva a jugar. Luego la madre sale diciendo “adiós”.

6

 Bebé solo

  3 min. ó menos

Segundo episodio de separación

7

 Extraña y bebé

  3 min. ó menos

Continuación de la segunda separación. La extraña entra y adapta su conducta a la del bebé.

8

 Madre y bebé

  3 min.

Segundo episodio de reunión. La madre entra, saluda al bebé y luego lo alza. Entre tanto, la extraña sale discretamente.

Precisamente en las separaciones es donde mejor se aprecia la calidad del apego. Ya Bowlby, sobre la base de otros trabajos, había señalado la importancia y trascendencia que tenían separaciones breves en la conducta del niño. Ainsworth diseñó lo que se llama la situación extraña que consiste en una sucesión de episodios que se realizan en una habitación desconocida para el niño en los que está con la madre, con una mujer desconocida (la “extraña”) o solo. En el cuadro 9,7 se recogen los distintos episodios. Cuando la madre sale en el episodio 4, el niño suele manifestar su malestar y conductas de apego, como llanto, llamadas o búsqueda. En los episodios 6 y 7 suelen producirse también conductas de apego y los episodios de reencuentro con la madre permiten valorar la calidad de la relación.
A través de los datos que se generan en los distintos episodios, y que requieren un detenido análisis, se puede distinguir entre niños “apegados con seguridad”, es decir, niños que manifiestan conductas positivas hacia la madre tras la separación breve y que Ainsworth denomina apego de tipo B. Los niños con resistencias, es decir, que tienen un apego ambivalente, de tipo C, manifiestan no sólo conductas positivas, sino también negativas y de oposición, como protestas, pataleos, etc. Finalmente, hay niños que evitan el contacto, tienen un apego de evitación, de tipo A, manifiestan conductas de ignorancia o conductas de evitación de la madre, como desviar la mirada, etcétera.
El establecimiento de esta primera relación tiene una enorme importancia para las relaciones sociales posteriores y también para el desarrollo intelectual del niño. Existe una relación estrecha entre la exploración del mundo que el niño realiza y el apego. El niño utiliza la figura materna como una base segura desde la cual explorar y aunque el apego consiste en mantenerse en la proximidad de la figura momentáneamente y explore. Frecuentemente el niño se separa, examina un objeto o una zona y vuelve a mirar hacia la madre. Si ésta continúa allí y establece el contacto visual continúa la exploración, si no trata de restablecer  contacto, vuelve hacia ella o interrumpe la actividad.

CUADRO 9.8 Tipos de apego según Ainsworth


Grupo

Tipo de apego

Características

% Ss EE.UU.

A

  Evitación

Evita a la persona que le cuida durante los episodios de reunión. Tiende a tratar a la extraña de la misma manera, o a veces más positivamente que a su cuidadora.

  20 – 25

B

  Seguro

Busca la proximidad y el contacto con la figura de apego, especialmente durante los episodios de reunión. Manifiesta una clara preferencia por la cuidadora sobre la extraña.

  65

C

 Ambivalente

Tiende a resistir la interacción y el contacto con la cuidadora aunque presenta también conductas de búsqueda de la proximidad y el contacto.

  10 - 15

El sistema de interacciones entre el niño y la madre es muy complejo y pronto se va estableciendo una gran sintonía entre ambos, que no existía al principio. Por ejemplo en las sesiones de alimentación, ya a las dos semanas, cuando el niño inicia una pausa en la succión la madre lo mece, produciéndose una gran sincronía. Madre y niño constituyen un sistema diádico con una gran sincronía, gracias a que cada uno está preparado para establecer la interacción.
Así pues, una buena relación con una o varias figuras permite más independencia que una mala relación. No sólo una mala relación hace al niño menos activo, sino más dependiente y menos social. Una mala relación puede suponer además malas relaciones con el entorno. Frecuentemente los niños agresivos, los niños que lo rompen todo, lo golpean todo y son insoportables para los adultos que les rodean están protestando contra su estado, están manifestando su malestar. A menudo la única manera que tiene un niño de que le atiendan es romper algo, hacer algún desastre. Eso va a permitir que se ocupen de él, aunque sean para castigarlo, para pegarle, pero al menos se ocupan de él. Podríamos considerar que es una respuesta inadecuada, indeseable, pero es la única que se le presenta al niño como posible.
Las relaciones entre el niño y la madre son de gran complejidad y están determinadas por múltiples factores, tales como el sexo del bebé, su grado de actividad, su bienestar o malestar físico, el ambiente inmediato, la clase social, etc. igualmente influyen ésos y otros factores respecto a la figura materna (y decimos figura materna para recordar que puede ser la madre biológica, una madre adoptiva, el padre u otro adulto). Todos esos factores interaccionan de formas variadas y, por ejemplo, una mala situación física puede llevar a una mala relación, que incremente la mala situación física.
Imaginemos que una madre tiene un embarazo no deseado, por las razones que sean. Su conducta hacia el hijo que tiene dentro no va a ser positiva. Puede que no se cuide suficientemente. Los pensamientos negativos hacia su situación pueden determinar que no mantenga una alimentación adecuada, un régimen de descanso suficiente, se encontrará en una situación de tensión. Esto puede ya afectar de manera desfavorable la salud del niño.
Cuando nace, la situación puede mantenerse. Si el parto es problemático, la actitud negativa se puede incrementar. Si la madre no tiene un apoyo de su entorno social inmediato, el nacimiento no va a ser más que una fuente de problemas y el niño/a puede ser visto como el causante de la situación.
La mala relación se puede traducir en la situación de alimentación en la lactancia. Además muchos psicólogos sostienen que el primer contacto entre el niño y la madre después del nacimiento tiene una gran importancia posterior. El malestar del niño se va a traducir en lloros, en molestias para los padres (madre). No deja dormir por la noche, es irritable, etc. La irritación se transmite a los adultos. Así se entra en un círculo vicioso, difícil de romper, en el que todos se ven afectados y perjudicados.
Un niño no deseado tiene muchas posibilidades de ser desdichado. Por eso es mucho mejor para él no nacer, que nacer en situación deplorable. El aborto es una solución mala, pero lo que olvidan los enemigos de la legalización del aborto es lo que pasa después, el triste camino que le espera a un niño no deseado, que no nace con un entorno social adecuado. Y ese entorno social adecuado no lo va a reemplazar nadie mediante leyes ni mediante declaraciones.



CUADRO 9.10.  Sistema diádico sincronizado


NIÑO

1.        Situación del niño:
-          Indefenso y necesitado de la madre
-          Preadaptado socialmente.
-          Activo buscador de las figuras sociales



1.        Actividades del niño:
a)       Conductas procuradoras de contacto corporal
-          reflejos: prensor
                           de Moro
                           de búsqueda
                           de succión
-          tendencia al contacto y al abrazo

b)       Preferencia sensorial por estímulos sociales:
-          Conducta visual
-          Conducta auditiva.

c) Sistemas de señales de comunicación social:
-          gestos
-          llanto
-          sonrisa

MADRE

1.  Situación de la madre:
-          Con capacidad para cuidar y satisfacer al hijo
-          Ya socializada.
“Sensibilidad especial” para interactuar con el niño

2.        Actividades de la madre:
a)       Tendencia al contacto corporal con el niño: caricias, abrazos, mecimientos, etcétera.





b)       Conducta “especial” de la madre:
-          visual
-          sonora

c)       Sistemas de comunicación “especiales”:
-          gestuales
-          verbales


Tomado de: F.López, “El apego”, en Marchesi, Palacios y Carretero, Psicología evolutiva, vol. 2, 1983.

Una actitud favorable hacia el niño, por el contrario, favorece el establecimiento de buenas relaciones. Es siempre necesaria una acomodación niño – madre después del nacimiento. Pero sí en la madre hay una actitud positiva, si goza del apego de los que están a su lado, la acomodación se va a producir sin dificultad. La influencia del entorno social es enorme, y la descomposición de las estructuras sociales más próximas al individuo que ha tenido lugar en nuestra sociedad, no favorece que la relación del niño con el medio realice de la mejor manera posible.
De todas formas, el sistema niño – madre – entorno es algo suficientemente complejo como para que no exista una causalidad muy directa. Los estudios de hace 30 ó 40 años trataban de detectar las relaciones que una mala relación social temprana o la carencia de madre o de padre podían tener años más tarde. Pero esas influencias directas son difíciles de detectar, sobre todo porque se ha visto que una mala situación temprana se puede compensar posteriormente. La mala relación con la madre, o su ausencia, puede ser reemplazada por otros adultos o incluso por compañeros. Anna Freud, la hija del fundador del psicoanálisis, estudiando después de la segunda guerra mundial el caso de niños supervivientes de campos de concentración observó un pequeño grupo de niños que habían establecido lazos muy estrechos entre ellos, lazos que tenían semejanzas con los que habitualmente se establecen con adultos, manifestando ansiedad ante la salida de uno de los niños, con contacto físico frecuente, etcétera.
Hoy se piensa que los acontecimientos que suceden durante los primeros años son muy importantes pero no son irreversibles. La influencia de una situación puede compensarse posteriormente. Y cuanto más pronto trate de corregirse una situación desafortunada, una experiencia traumática, una mala relación, más fácil puede ser compensarla. Por ejemplo, los niños adoptados pueden formar excelentes relaciones con los padres adoptivos, pero cuanto antes se produzca la adopción más fácil será. Algunos autores señalan que es conveniente que se produzca en los cuatro primeros años, pero incluso posterior mente se pueden formar buenas relaciones. Se descubre que la plasticidad del ser humano es enorme y que puede compensar muchas experiencias desdichadas, aunque lo mejor es, sin duda, tratar de evitar que se produzcan.
Una buena relación hace mucho más fáciles las separaciones. Por ejemplo, los niños que asisten a guarderías, y a medida que las mujeres trabajan, cada vez hay más tendencia a que vayan a ellas, pueden mantener excelentes relaciones con sus madres. No es un problema de horas de relación, sino de la calidad. El niño tiene que sentir a la madre, y a otros adultos, como personas en las que se puede confiar plenamente, que van a tener una conducta positiva en cualquier circunstancia, de tal manera que esa confianza está por encima de los límites que se imponen al niño o de las regañinas que tiene que sufrir. 

El sistema afectivo maternal

Las investigaciones sobre el apego en los humanos se han visto muy enriquecidas por los estudios con animales y sobre todo con otros primates. Por ello puede resultar útil examinar la descripción que hace Harlow de los sistemas de relaciones estudiados en los macacos.
El primer sistema afectivo que analizan Harlow y Harlow (1966), centrándose principalmente en el macaco rhesus, es el sistema afectivo maternal. Sin embargo, Harlow sostiene que se pueden encontrar las mismas etapas en los simios y en los hombres. Estas etapas son las siguientes: 1. Etapa de apego y protección maternal; 2. Etapa de transición o ambivalencia y 3. Etapa de separación o rechazo. Esas etapas se presentarían de la misma manera, en todos los antropoides, aunque en los simios se prolongarían el doble de tiempo que en los monos, y en los hombres el doble de tiempo que en los simios. También señala Harlow que las etapas aparecen más claramente en los monos que en el hombre por la mayor simplicidad e invariabilidad con que se manifiestan y, también, en el mono pueden estudiarse más cómodamente y se pueden realizar experimentaciones como de hecho hizo Harlow en los famosos experimentos. Con madres sustitutas de alambre y de felpa.

1.                  Etapa de protección y apego. En esa primera etapa la madre presta una atención total a la cría y la acepta completamente. Satisface sus necesidades nutritivas, de temperatura y de eliminación, le proporciona un contacto físico íntimo que resulta muy importante y protege a la cría de amenazas externas y de los peligros a los que ase expone la propia cría. La madre vigila continuamente a la cría y la mantiene siempre al alcance de su brazo. La etapa dura tres o cuatro meses en los macacos, siendo el doble en los simios y cuatro veces mayor en los seres humanos.
2.                  Etapa de transición o ambivalencia. La madre continua atenta pero permite que la crías realice una mayor exploración, al mismo tiempo que empieza a reprimirla cuando hace cosas que considera que no deben permitirse. Empieza a manifestar respuestas negativas que tendrían como función el que la cría empiece a independizarse, y esos rechazos facilitan que la cría se relacione cada vez más con el medio físico y con el medio social. Sin embargo, la cría sigue permaneciendo en proximidad con la madre durante el anochecer, por la noche y en la primera parte de la mañana, y el resto del tiempo permanece al alcance de la vista o de la llamada de la madre, que sigue protegiéndola de peligros externos.
3.      Etapa de separación maternal. En un cierto momento, la madre comienza a rechazar más fuertemente a la cría, llegando a hacerlo de una manera muy brusca y repentina cuando aparece un nuevo bebé. Esos casos pueden a veces, ser traumáticos y las crías son en algunas especies adoptadas por machos. Pero en muchas especies, la separación es más lenta y, aunque las crías ya no mamen, pueden permanecer junto a la madre durante largos años, sobre todo si son hembras, e incluso en el período adulto, y parece que se pueden producir relaciones que duran en la etapa adulta y, posiblemente, a lo largo de toda la vida.
Así pues, vemos cómo la actitud de la madre se adapta a las necesidades de la cría, garantiza su supervivencia y, al mismo tiempo, facilita la separación y la independencia de ésta que, sin embargo, no se producía en las monas de felpa de las experiencias de privación que Harlow realizó, ya que, en esos casos, la mona estaba siempre disponible y no rechazaba a la cría, no obligándola por tanto a buscar la compañía de los compañeros de edad.
Es ilustrativo considerar estos comportamientos porque en los humanos no se producen de una manera tan clara y nítida, pero en definitiva el camino que hay que recorrer es el mismo. También es necesario que se produzca una separación de la madre y el niño, para que éste llegue a comportarse de una manera independiente.

El sistema afectivo filio – maternal

Dado que las relaciones entre madre e hijo no son simétricas, el sistema de relaciones que establece el hijo hacia la madre transcurre por una serie de etapas complementarias pero distintas de las anteriores. Harlow distingue cuatro etapas dentro de este sistema que son: 1. etapa refleja; 2 etapa de comodidad y apego; 3. etapa de seguridad; 4. etapa de separación.

1.                  Etapa refleja. Las primeras conductas del mono son de naturaleza refleja, como las de los hombres e incluyen prensión con la mano y el pie, abrazar, gatear, el reflejo de búsqueda y hozamiento, succión, etc. Esas respuestas empiezan a ser sustituidas entre los 10 y los 20 días por respuestas más voluntarias. Esas respuestas reflejas sirven para mantener el contacto con el cuerpo de la madre y Harlow caracteriza esta etapa más de ajuste físico que de socialización.
2.                  Etapa de comodidad y apego. Comienza en la segunda mitad del primer mes y es cuando se empiezan a formar vínculos entre la madre y la cría. La cría se mantiene pegada al cuerpo de la madre con brazos y piernas y dirige la boca hacia el pezón, aunque muchas veces no realice una actividad nutritiva, y ese apego no nutritivo aumenta con la edad dentro de esta etapa. Harlow señala que las pautas de enseñanza de los niños limitan las posibilidades de succión no nutritiva y hace que el niño explore otros objetos con la madre. Hay además un contacto visual y un seguimiento cuando la cría se separa de la madre. Además, la cría imita la conducta de la madre no sólo siguiéndola, sino explorando los objetos físicos y así la cría se beneficia con la experiencia materna y realiza una exploración guiada. Las dos primeras etapas se corresponden con la primera del sistema materno filial, es decir, la de protección y apego.
3.                  Etapa de seguridad. La cría comienza a explorar más y más y recibe de la madre un sentimiento de seguridad intenso. La actividad exploratoria se incrementa cuando la madre está presente, y esa seguridad es, entonces, un estímulo para la exploración del mundo físico. La cría utiliza a la madre como una base desde la que explorar, volviendo periódicamente a ella o manteniendo el contacto también de forma periódica. A medida que va creciendo, ese contacto se va haciendo más esporádico hasta que se pasa a la siguiente fase.
4.                  Etapa de separación. La seguridad que se ha obtenido en la tercera etapa facilita el proceso de separación. Ésta a su vez es estimulada por la actitud de rechazo de la madre que lanza a la cría al contacto con el mundo físico y con otros compañeros. Pero la seguridad que la cría ha adquirido constituye un elemento positivo que facilita su independencia y la separación. La curiosidad de la cría le impulsa a mantener contacto y explorar el medio, pero se ve limitado, primero, por el control de la madre, y luego por los propios miedos de la cría que constituyen un vínculo de unión con la madre que sin duda reduce los peligros. Las relaciones con la madre van cambiando, y van haciéndose más esporádicas, al tiempo que se establecen relaciones más estrechas con los compañeros de edad que, según Harlow, no sustituyen los vínculos afectivos maternales, sino que se convierten en vínculos adicionales para satisfacer las necesidades afectivas. Hablaremos de ello en el capítulo 17.

La infancia en otras culturas

Podría resultar muy interesante saber si existen formas diversas de crianza entre los seres humanos y si hay algunas que podamos considerar como más “naturales”. En los animales, aunque hay ciertas diferencias individuales, las formas de crianza de los pequeños están muy determinadas de forma hereditaria. Pero en los hombres han variado mucho en las distintas culturas y encontramos formas muy distintas. ¿Podemos hablar de que haya unas formas de crianza “naturales”, o no tiene sentido plantearse esto?
En estos últimos años se han realizado muchas investigaciones sobre el apego en los humanos y se ha impuesto la idea de que la relación con los otros constituye una necesidad tan vital como la alimentación. Los niños gravemente deprivados de afectos presentan un desarrollo muy anómalo. Sobre éste y sobre otros problemas próximos se han realizado estudios referentes a la infancia en otras culturas, pues se piensa que se puede conocer al ser humano y su desarrollo sí nos limitamos a estudiar a los niños de los países occidentales.
Muy interesantes son los estudios sobre los pueblos cazadores – recolectores actuales, pues se supone que la humanidad ha vivido en ese tipo de sociedades durante la casi totalidad de su existencia, ya que los 10.000 años que tienen la agricultura y los asentamientos estables no son nada frente al millón de años que hace que nuestros antepasados más próximos poblaban la tierra. Dedicados a la caza y la recolección, trasladándose de un lugar a otro.
Un grupo que ha sido particularmente estudiado es el de los bosquimanos del desierto de Kalahari, en el África austral. En estos pueblos los niños son transportados por la madre continuamente hasta que pueden andar por sí mismos, el período de amamantamiento es largo, de varios años, y el niño está casi permanentemente en contacto físico, tocando piel con piel, con su madre o con un adulto. Las peticiones del niño, expresadas a través de sus lloros, son atendidas casi inmediatamente, al niño no se le deja llorar. La actitud de los adultos en general es muy positiva hacia los niños pequeños, y se les apoya mucho en sus actividades. El desarrollo motor de estos niños (y de otros niños africanos) presenta un adelanto sobre el de los niños occidentales, adelanto que no se manifiesta juego en otros aspectos del desarrollo (Konner, 1972, 1976).
En otros países africanos, ya con otras condiciones de vida, y en optros continentes también se siguen manteniendo formas de crianza en algunos aspectos semejantes. Pero entre nosotros las prácticas de crianza han cambiado mucho, posiblemente porque la vida social también se ha modificado de forma profunda.
Algunos estudios comparativos sobre el cuidado de los niños entre los diferentes mamíferos han mostrado que se pueden establecer dos grupos distintos: los que ocultan a sus crías y los que las transportan con ellos (Blurton – Jones, 1972). Los primeros alimentan a las crías a intervalos largos y tienen una leche rica en proteínas y grasas, mientras que los segundos las alimentan a intervalos más cortos y durante más tiempo, y producen una leche menos nutritiva. El hombre y los restantes primates pertenecen a esta categoría.
Hay que admitir que existe una relación estrecha entre la vida social y las pautas de crianza. Cada cultura educa a sus hijos de una manera peculiar y parece que hay una conexión muy fuerte entre el carácter de los individuos y la organización social, por un lado, y las formas de crianza, por otro. Sin embargo, es muy difícil predecir en casos individuales cómo va a ser la personalidad de un individuo en relación con las actitudes de la madre y cómo ha sido criado.
Estudios en diferentes países utilizando la situación extraña de Ainsworth arrojan distintos porcentajes en los tres tipos de apego. Por ejemplo, Grossmann y Grossmann (1982) encuentran en Alemania una proporción mucho mayor de niños de tipo A, es decir, con apego de evitación, que la que se encuentra en EE UU. Según esos autores en ese país los padres estimulan más a sus hijos para que sean independientes y eso produciría ese tipo de apego ambivalente, el los kibutz israelíes, y Miyake (1983) en el Japón obtiene porcentajes muy altos de apego seguro pero también un apreciable porcentaje de apego ambivalente.
Estas diferencias plantean problemas acerca de la universalidad de los tipos de apego y llama poderosamente la atención sobre las variables culturales. Las formas de crianza y las expectativas de cada sociedad respecto a cómo debe ser un adulto bien adaptado influirían mucho sobre el tipo de vínculos que se forman.

Continuidad del apego y el amor adulto

Un interrogante que nos podemos plantear e el referente a la estabilidad del apego. Esos vínculos que se forman en la niñez con la madre y otras figuras de apego ¿se mantienen estables en la edad adulta? ¿Cómo afectan a las relaciones con los otros que se van formando posteriormente? ¿Influyen de alguna manera en la elección amorosa y la relación con la pareja elegida, como sostenían Freud y Bowlby?
Aunque estas cuestiones son esenciales para entender la formación de relaciones sociales, no sabemos mucho sobre ellas, Se puede comprender fácilmente la dificultad para responderlas de manera concluyente a través del trabajp experimental.
Los estudios longitudinales realizados siguiendo durante varios años a niños en sus relaciones con la madre muestran una notable continuidad individual en el tipo de apego a lo largo del tiempo. Pero se trata de estudios de pocos años que no nos permiten saber lo que pasa al llegar a la edad adulta.
Sabemos que el apego seguro aumenta la exploración, la curiosidad, la solución de problemas, el juego y las relaciones con los otros compañeros, es decir, que permite abrirse mas al mundo. La persona con apego seguro tiene más confianza en sí misma, pues se sabe querida y eso le da seguridad , confianza en sí misma y en los otros. Se puede ser mucho más tolerante hacia los demás, comprenderles mejor, incluso en sus acciones hostiles, pues se consideran pasajeras y no alteran la imagen de uno. En cambio un apego inseguro hace que cualquier conducta ambivalente o poco clara de los otros con los que uno se siente vinculado afectivamente, se interprete como un rechazo total y lleve a la desesperación o al rechazo. Las personas ambivalentes necesitan continuas muestras de afecto para sentirse seguras porque su modelo mental no incluye una idea interiorizada del otro como alguien permanentemente disponible, al que podremos recurrir cuando lo necesitemos.
Mary Main, Kaplan y Cassidy (1985) han encontrado que hay una impresionante continuidad entre las historias de apego y el cuidado de los hijos. En su estudio, además de establecer el tipo de apego de los niños hacia sus madres, entrevistaba cuidadosamente a éstas para tratar de reconstruir qué tipo de apego habían tenido ellas en su infancia. No sólo les pedía una descripción global de sus relaciones infantiles sino que trataba de descubrir en sus narraciones cómo había transcurrido su infancia y el tipo de relaciones que realmente tenían. Encontraba así que los tipos de apego tendían a reproducirse, pero algunos padres conseguían cambiar el estilo rompiendo la cadena de la continuidad intergeneracional y padres inseguros logran producir hijos con apegos seguros, posiblemente haciéndose conscientes de sus experiencias infantiles insatisfactoria y modificando sus modelos mentales. La toma de conciencia de cómo ha sido la propia vida les permite modificar relaciones que no se consideraban satisfactorias, estableciendo vínculos mejores.
Algunos investigadores se han planteado aplicar las mismas categoría de tipos de apegos para estudiar a los adultos. Por ejemplo, Hazan y Shaver (1987) presentaron a adultos una serie de frases que describían los tres tipos de apego y les pedían que señalasen cuál de ellas describía mejor sus propios sentimientos. Encontramos que entre los adultos se dan los mismos tipos de apego y en proporciones parecidas.
Aunque no tenemos pruebas concluyentes, diversos trabajos parecen indicar que hay una notable continuidad entre las relaciones infantiles y las adultas. No se puede decir que las relaciones infantiles determinen las adultas de una manera absoluta. Una mala relación puede compensarse con otras relaciones posteriores mejores, la influencia de los compañeros es muy importante, pero probablemente hay una continuidad que se mantiene si no aparecen otros elementos que la rompan. No hay, por tanto, que ser extremadamente pesimista pensando que las más tempranas experiencias van a condicionar de forma permanente la vida futura porque experiencias posteriores pueden modificarlas de una manera positiva. Pero tampoco puede minusvalorarse la importancia que tienen los primeros contactos sociales en la vida posterior.

CUADRO 9.12.  Tipos de apego adulto y sus frecuencias

Pregunta: ¿De los siguientes enunciados cuál es el que mejor describe sus sentimientos?


  Evitación

Me siento un poco incómodo estando cerca de otros: encuentro que es difícil confiar en ellos completamente y también dejarme depender de ellos. Me siento nervioso cuando alguien está muy próximo, y a menudo mi pareja quiere estar más cerca de los que me resulta confortable.

25%

  Seguro

Encuentro  relativamente fácil estar próximo a otros y estoy cómodo dependiendo de ellos y cuando ellos dependen de mí. No me suelo preocupar por ser abandonado o porque alguien esté muy próximo a mí.

56%

  Ambivalencia

Encuentro que los otros se resisten a estar tan cercanos como me gustaría. A menudo me molesta que mi pareja no me quiera realmente o no quiera estar conmigo. Quiero fundirme completamente con otra persona, y este deseo ahuyenta a veces a la gente.

19%
Basado en Hazan y Shaver (1987), p. 515


1 comentario:

  1. Estaría bueno que el autor del Blog Publique algún mail o medio para poder comunicarse.

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